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LA FAMILIA QUE CRITICA UNIDA ...
critica - estudiantes

Las personas tendemos a cotillear. Intercambiar información es útil para mejorar nuestro conocimiento del entorno y las personas con las que actuamos directa o indirectamente. La capacidad de crítica también es una habilidad importante cuando es bien empleada: criticar puede servir para mejorar aquello que no funciona del todo bien. Sin embargo, a nadie se le escapa los peligros potenciales de excederse en el uso combinado de ambos mecanismos. Estar expuesto a un ambiente donde el cotilleo malicioso es la norma social deriva en una adaptación malsana de ciertos patrones que resultan dañinos para la propia persona.

Porque, además, los seres humanos solemos agruparnos en colectivos, se llamen familia, nación, cultura, empresa o cualquier actividad, sentimiento o característica que compartamos. En el proceso de formación de una identidad colectiva hay una diferenciación entre “nosotros” y el resto que en muchas ocasiones pasa por clasificar a los demás de extraños, peligrosos, o poco fiables. En este contexto, cualquier acción que lesione los intereses de mi grupo – o que lo parezca -, puede entenderse como una agresión y la consiguiente descalificación de los “de fuera”. El camino hasta llegar al clásico “o conmigo o contra mí” es bastante sencillo de recorrer.

¿Cuál es el beneficio que se obtiene demonizando o poniendo verde a alguien de fuera?  El reforzamiento de cierto sentido de la lealtad, la tranquilidad de que los interlocutores coinciden en su apreciación, y que por tanto todo está en orden. Sentirse protegido por quienes piensan igual que nosotros nos aporta seguridad y una sensación de ser comprendido y aceptado por el grupo. Pocos momentos más reconfortantes que aquellos en que hablando con alguien te das cuenta de que os cae mal la misma persona.

critica - oficinaLa familia frente al mundo

El grupo humano más inmediato para una persona suele ser la familia, un sistema de relaciones y vínculos afectivos que funciona como un sistema abierto; recibe estímulos del exterior y se recompone para afrontar problemas de diversa naturaleza. Los lazos de lealtad entre sus miembros son uno de los factores de protección más importantes para mantener la estabilidad frente a entornos potencialmente hostiles; en las culturas mediterráneas, por ejemplo, han sido el pilar básico que ha sostenido a las comunidades humanas en tiempos de crisis.

Sin embargo, dependiendo del conjunto de valores aceptados en el seno de cada familia, y de la rigidez con que se defiendan, no es infrecuente que aparezcan tensiones internas donde desde fuera se aprecia un bloque homogéneo. Dentro del sistema familiar cada componente asume un rol determinado, tanto explícito – padre, madre, hija mayor, etcétera – como implícito – la responsable, el apaciguador, la oveja negra, la reservada, el conformista, etcétera … -, y alcanzar un estado de equilibrio es una labor difícil que requiere conciliar muchos intereses que chocan.

Es en esta “academia” donde los niños aprenden cómo se negocia, se resuelven conflictos, se establecen relaciones interpersonales, se expresan emociones o se atienden necesidades en el grupo de referencia, y aquí entra en juego el concepto que tiene de sí mismo cada núcleo familiar. Grosso modo, si atendemos cómo interactúan con el “mundo de fuera”, existen familias más restrictivas y propensas a marcar diferencias con los otros, recelar o desconfiar de las intenciones de los extraños, mientras que en el otro polo del mismo eje están aquellas abiertas a la influencia externa, a la exploración y aceptación de la diferencia.

La represión de la disidencia

Aquellos que crecen en familias inclinadas a cerrar filas y protegerse de un mundo hostil se acostumbran pronto a convivir con la crítica, más o menos feroz, de aquellos comportamientos ajenos que se juzguen como inadecuados. Acciones que vayan contra los intereses familiares – o que perjudique o afecte a alguno de sus miembros -, se someten a crítica y serán juzgadas y condenadas implacablemente. La protección del sistema puede convertirse fácilmente en una posición agresiva frente al exterior, llevada por el miedo.

critica - bibliotecaAhora bien, no es nada sorprendente que estos mismos patrones de comportamiento se apliquen a los propios miembros de la familia en caso de conflicto interno. Cuando las tensiones que aparecen en el seno del núcleo afloran, la respuesta habitual es reprimir al discrepante a través de la crítica; aparecen las presiones tipo “con nosotros o con ellos” y las acusaciones y el señalamiento de la conducta inaceptable conlleva la calificación y etiquetado como “disidente” – y, por tanto, no mucho mejor que los malos de ahí fuera -. Los conflictos se resuelven mediante alianzas puntuales y triangulaciones en las que es frecuente que dos o más se unan para criticar a un tercero – el mecanismo favorito familiar – hasta que ceda a las presiones y vuelva al redil. No hace falta resaltar que suelen ser los adultos de la familia quienes lideran este tipo de intervenciones.

Una cuestión de criterio

Aunque aparentemente la crítica mantiene la unidad familiar, puede provocar algunos efectos colaterales indeseados, tanto en la relación con personas ajenas – por ejemplo, las parejas o amistades de los hijos van a ser criticadas si no se ajustan a la ortodoxia -, como en un plano más interno. La combinación de mensajes de amor, lealtad y unidad con acusaciones y descalificaciones personales puede fácilmente derivar en problemas para fijar vínculos de afecto seguro, pues son mensajes contradictorios. También puede facilitar que normalicemos actitudes de maltrato: si asimilamos la creencia de que las personas que más nos quieren de vez en cuando nos van a poner verdes, puede que aceptemos perfiles muy peligrosos a nuestro lado.

Además, dado que las alianzas entre varios miembros de la familia contra otros son circunstanciales y dependen de la situación, es complicado tener una visión global ajustada y estable del contexto; puede aparecer indecisión sobre la valoración que hacemos de los demás – no poder decidir si el otro es “bueno” o no –, y encontrarnos criticando a quienes son más importantes para nosotros, un patrón ambivalente de confusión interpersonal donde es difícil identificar nuestras propias necesidades.  

Como con frecuencia son individuos que valoran las situaciones “a la defensiva”, reaccionan ante las iniciativas de otros, apaciguando mientras critican o aceptando situaciones que en el fondo no desean. El trabajo terapéutico con este tipo de patrones consiste en clarificar los propios deseos, principios y necesidades para aprender a construir desde ahí un criterio consistente de qué actitudes, valores y comportamientos son aceptables o no para la propia persona.

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