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EL PESO DE LA INERCIA
inercia - péndulo

Aunque poco se sabe en detalle de cómo funciona la mente humana – entendida como metáfora de los procesos psicológicos -, sí se han propuesto algunos modelos sobre la forma en que procesamos información, decidimos y actuamos. Uno de los más interesantes es la teoría del proceso dual, sobre todo por las implicaciones que tiene en cuanto a los automatismos y la tendencia que tenemos a la inercia, mucho más importante de lo que nos gusta pensar.

Esta teoría propone que existen dos sistemas básicos cuya interacción genera representaciones mentales; el primero corresponde a lo que llamamos intuición. Es el más rápido, el más antiguo filogenéticamente y consiste en un procesado basado en la emoción y la experiencia acumulada. También solemos denominarle “inconsciente”, y es muy sensible al entorno. Es difícil que podamos detallar cómo hemos concluido que una persona que nos acaban de presentar nos cae mal, o cómo hemos adivinado que nuestro compañero de equipo iba a tirarnos un pase cruzado. Todas estas decisiones ocurren de manera automática, sin necesidad de reflexión. El segundo sistema es consciente y voluntario, y requiere un largo proceso de análisis de opciones y trabajar conceptos abstractos como el lenguaje. Este es propiamente de los humanos, está relacionado con nuestra enorme corteza cerebral, y consume muchos recursos cognitivos.

Viviendo con el programa automático

Pues bien, durante la mayor parte de nuestro día, es el sistema automático el que determina las acciones y decisiones que tomaremos – a costa de cometer algunos errores de apreciación, pero en general funciona bastante bien -. El elevado coste de usar el sistema voluntario hace que tendamos a ceder el control al otro por cuestiones de inercia y economía de recursos. En otras palabras, el control deliberado cansa muchísimo más y no es imprescindible para la mayor parte de las situaciones.

inercia - rocaEsta inercia, en definitiva nuestra tendencia a funcionar de forma desatendida, está muy relacionada con la importancia de establecer rutinas y procedimientos, que nos ayudan a simplificarnos una existencia bastante compleja. Una rutina no es más que una secuencia de acciones repetida y consistente en el tiempo que nos facilita estructurar tareas y actividades. Pueden ser sanas o perjudiciales, complicadas o simples, largas o cortas, pero tienen en común que resultan totalmente predecibles y fácilmente realizables sin necesidad de reflexión previa ni atención consciente.

Cuando aprendemos a conducir, estamos convirtiendo un conocimiento – que al principio necesitamos comprender de forma consciente -, para repetirlo y practicarlo hasta interiorizarlo de forma que los movimientos se ejecuten automáticamente; una vez conseguido esto, hemos aprendido un procedimiento. Finalmente, nos convertimos en expertos mediante la práctica constante; si conducir es parte de mi rutina diaria, he conseguido facilitarme la vida y reducir el consumo de recursos atencionales. El procedimiento adquirido es saber conducir, y la rutina podría ser ir cada mañana al trabajo en coche.

La manida resistencia al cambio

En la medida en la que logramos integrar estas rutinas y procedimientos para los más diversos cometidos, nuestra sensación de seguridad, eficiencia y control aumenta. Si no existe un malestar muy notorio o un incentivo muy grande – quizá un acontecimiento externo que nos obligue a readaptarnos -, en estas condiciones lo habitual es dejarse llevar por la inercia de una vida conocida. Esta situación en la que nos vemos llevando la nave en piloto automático es vulnerable a cualquier cambio de contexto, y aquí aparecen las tópicas afirmaciones del mundo del coach sobre la “resistencia al cambio”. No se trata de una cualidad moral indeseable o de un defecto, sino que es lo habitual en los seres humanos cuando tienen rutinas bien establecidas y se sienten cómodos en su situación, especialmente cuando el susodicho cambio viene impuesto desde fuera.

La inercia es tan poderosa que en muchos casos puede bloquear o aplazar incluso cambios vitales deseados y buscados por el propio individuo, y a pesar de que se puedan vislumbrar beneficios evidentes en modificar rutinas, procedimientos o contextos vitales. No solo somos resistentes a cambios externos sino también a aquellos promovidos desde dentro, que además son más fáciles de sabotear – al fin y al cabo, a los que nos vienen de fuera no tenemos más remedio que adaptarnos como mejor sepamos -.

La inercia y los costes del cambio

Parece un contrasentido que alguien se plantee realizar cambios en su vida y se vea a la vez impedido para hacerlos, pero si atendemos a la propia dinámica de la cuestión el dilema es más evidente. La insatisfacción o el malestar con nuestra situación inicial ha de ser lo suficientemente patente y molesta como para movernos desde una posición que, por otra parte, es muy sencilla de mantener – no hay que invertir ningún esfuerzo, la inercia no tiene un coste apreciable -.

inercia - planeadorCambiar implica un esfuerzo cognitivo voluntario de análisis, reflexión y búsqueda de soluciones, además de poner en marcha nuestros recursos personales y aplicarlos a modificar nuestro entorno vital, aprender nuevos procedimientos o establecer nuevas rutinas. Como las mudanzas, cambiar es muy cansado.

Por otra parte, los incentivos de movernos a una nueva situación no siempre están del todo claros o no resultan inmediatos. Cuando nos planteamos por ejemplo ir al gimnasio para mejorar nuestra forma física, nos enfrentamos a una nueva rutina que nos puede resultar al principio extraña e incómoda – por no decir agotadora – y que necesitamos mantener unos cuantos meses para disfrutar de los primeros resultados. No sorprende que muchos se queden por el camino tras las primeras semanas. Por no hablar de volver a estudiar pasados los treinta y mientras trabajas; la dedicación necesaria puede ser excesiva y el abandono es frecuente.

Oponerse a la inercia

Si esto ocurre en casos donde los resultados obtenidos están claros, cuando no sabemos dónde nos adentramos, puede ser incluso peor. Por esta razón, muchas personas permanecen en relaciones insatisfactorias corriendo el riesgo de acabar amargándose; nadie te garantiza que, tras vencer la inercia, hacer el esfuerzo de romper y construir una nueva vida vayas a encontrar a alguien con quien ser feliz, o lo seas más en solitario. Incluso cuando aparecen terceras personas (lo que, de entrada, podría ser una ilusión importante) la mayoría de estos triángulos amorosos se resuelven con la permanencia de la pareja original.

Los cambios planteados por uno mismo necesitan ser graduales, factibles, planificados en la medida de lo posible, además de contar con la determinación y el compromiso imprescindible no solo para empezarlos, sino para mantenerlos el tiempo suficiente como para ver resultados. No es una sorpresa que muchos sucumban ante la inercia de dejarlo todo como estaba, solución que requiere muy poco mantenimiento.

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