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LA QUEJA: GUÍA DE USO COTIDIANO
queja - mascarilla

Por cada psicólogo que previene al ciudadano común sobre lo nociva que es la queja, hay otro que anima a expresar aquello con lo que no estamos conformes. Lo mismo es una actitud imprescindible para movilizarnos frente a las injusticias que una fuente de malestar porque impide a la persona evolucionar, atrapándola en una espiral de impotencia. Esta inconsistencia lo único que demuestra es la importancia del contexto antes de analizar un comportamiento, y es la razón por la que los psicólogos hemos de andar con pies de plomo antes de dar pautas generales al público.

queja - puñosLa queja en el fondo no deja de ser la expresión pública de que alguna situación nos resulta estresante, opresiva e injusta; algo ha cruzado nuestras líneas rojas hasta el punto de hacer saltar las emociones desagradables, típicamente la rabia. Sentimientos de frustración que nos pueden llevar a un escenario de rebelión abierta, a partir del cual las personas nos movilizamos para el cambio. El inconformismo está en la base del cambio social, y por ello es especialmente importante mantener vías abiertas para canalizar la detección de injusticias.

Sin embargo, la queja no siempre moviliza como sería esperable. En muchas ocasiones, ante unas demandas excesivas del entorno, presiones fuertes o cualquier otro escenario en que valoramos que no tenemos fuerza suficiente como para afrontar, nos quedamos paralizados y atascados en esta posición. Nos vemos incapaces de defendernos, encontrar una solución al problema, en ocasiones tampoco está claro que deseemos librarnos de ese malestar, dado el esfuerzo que supone hacerlo. Si el balance es desfavorable, es muy posible que nunca pasemos de este estado de rumiación donde nos quejamos recurrentemente sin tomar ningún curso de acción al respecto. Aquí nos paraliza el miedo a las consecuencias, reales o imaginarias, de adoptar cualquier iniciativa, y acabamos convenciéndonos de que quizá tampoco estamos tan mal.

Sin embargo, la queja persiste, indicador de que en el fondo no hemos arreglado nada. Un ejemplo clásico es el trabajador que continuamente se queja en privado de las condiciones laborales, o de no “poder” salir a su hora, pero nunca decide hacerlo por miedo a incomodar a su jefe. No se ve capaz de hacer valer su derecho por temor a represalias y prefiere convencerse de que es víctima de una situación injusta frente a la que él no puede hacer nada; el deslizamiento de la responsabilidad le permite ir tirando, aunque el malestar continuará.

Pero, por otro lado, en no pocas ocasiones las quejas y el malestar provienen de una mala gestión de dificultades vitales normales, o poco relevantes. Un exceso de evitación del malestar que nos provoca pasar determinadas experiencias cotidianas – hacer cola, tener que estudiar un tema especialmente pesado, encontrarnos cerrado nuestro restaurante favorito y un larguísimo etcétera -. Podemos llegar a conceder una excesiva importancia a un malestar totalmente pasajero o puntual y terminar quejándonos por acontecimientos irrelevantes.

La escuela estoica de filosofía ya propugnaba cierto distanciamiento de las necesidades mundanas, viviendo virtuosamente, como método para una vida más feliz; solo entrenando habilidades como la renuncia y la aceptación de aquello que nos viene, dejando pasar las pasiones y necesidades instantáneas, y guiándonos por la razón, podemos conseguir encontrar felicidad. Los principios estoicos inspiran algunos marcos psicoterapéuticos, como la terapia cognitivo-conductual, puesto que rebajar las expectativas, aceptar muchos sucesos vitales como inevitables o impredecibles y aprender a gestionar las emociones correctamente reducen mucho el malestar psicológico.

El peligro de exagerar esta posición pasa por llegar a resignarse con cualquier imposición injusta que nos venga; no faltan hoy en día voces que nos alertan de que se puede ser feliz con muy poco, incluso con lo mínimo más básico – hay quien pone de ejemplo a los indígenas amazónicos como modelo de felicidad dadas las pocas necesidades que se supone que tienen -. Por esta vía se puede llegar fácilmente a defender auténticas situaciones de explotación y arbitrariedades cometidas sobre los más débiles.

Así que, moviéndonos entre los extremos de estos ejes, ¿cuándo es oportuno protestar y rebelarse y cuándo toca aceptar la suerte que nos ha tocado? No es nada fácil determinar esta cuestión, que además va a depender de un factor clave como es el sistema de valores morales de cada persona. En otras palabras, la tipología o frecuencia de las quejas planteadas por una persona va a estar en relación a sus prioridades vitales, sus principios rectores éticos y en definitiva, cuál es su visión de sí misma, de la relación con los demás, con la vida y con el mundo que le rodea.

queja - no oírAquellos cuyo parámetro de medida principal del mundo son el interés propio y nada más – perfiles de tipo egoísta – van a tender a quejarse de cualquier eventualidad que les suponga un perjuicio directo, aunque sea pequeño o conlleve un beneficio evidente para el grupo social. Tenemos estos días un ejemplo muy claro con aquellos que deciden no llevar mascarilla porque les molesta, a pesar de que reduzca los contagios debidos al Covid. Las medidas que restringen lo que consideran “su libertad” las juzgan como arbitrarias, imposiciones destinadas únicamente a fastidiarles sus deseos particulares. Ni qué decir tiene que estamos ante un desarrollo moral bastante primario – estaríamos en la etapa preconvencional del desarrollo moral de Kohlberg -, bastante perjudicial socialmente hablando, aunque muy extendido sobre todo en sociedades occidentales.

Hay personas que, por el contrario, ponen por delante las necesidades ajenas, por lo que renuncian a la queja y soportan todo aquello que les venga dado, ya que consideran una muestra de debilidad y egoísmo protestar por sus condiciones. Esto también tiene sus peligros, ya que un olvido de las propias necesidades conlleva mucho malestar e impotencia, además de acabar en culpa y enfado por no ser capaz de cuidarse. Lo ideal sería poder valorar la oportunidad de la queja en función de la situación concreta, analizando cómo me afecta a mí y a los que me rodean, por ejemplo valorando el sufrimiento evitado con las medidas que estamos considerando. Es normal colocarse como el principal protagonista, pues en última instancia si recibo un perjuicio directo voy a considerarlo más importante, pero quizá no sea tan grande y suponga una reducción del sufrimiento general. En ocasiones, lo que creemos un sacrificio intolerable no es tan insoportable y puede suponer una diferencia que mejore nuestra relación con el entorno y a la postre nuestra propia situación. Por último, es esencial relativizar nuestra posición respecto a aquellos que se van a ver afectados; se requiere una buena observación de las necesidades y situaciones ajenas para valorar en términos de justicia o injusticia.

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