depresiónEs difícil dar un cuadro de síntomas concreto sobre la depresión, pues a cada persona le afecta de forma diferente. Melancolía, abatimiento y desesperanza son estados de ánimo que en algún momento todos hemos sentido. Suelen aparecer como reacción a un problema particular (una pérdida, un cambio, un fracaso), aunque en ocasiones la causa permanece oculta. Cuando esto ocurre, una respuesta natural y humana es la aparición de una sensación de tristeza, una de nuestras emociones primarias.

Como todas las emociones, la tristeza tiene una función adaptativa para el ser humano, y en la medida en la que nos damos permiso para estar tristes, puede ser de ayuda para superar los momentos difíciles: la tristeza nos permite retirarnos a reflexionar sobre los hechos ocurridos, iniciar un proceso de duelo, meditar sobre las posibles alternativas que tenemos para seguir adelante, descansar y recargar pilas antes de ponernos otra vez en juego.

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A grandes rasgos, la depresión supone un estado de tristeza más intensa y prolongada de lo normal, y sus causas no siempre son claramente identificables; estar triste por perder el trabajo es coherente con la situación de pérdida, pero si se alarga demasiado en el tiempo o comienza a afectar al funcionamiento normal de otras áreas de la vida, podemos encontrarnos ante un cuadro depresivo.

El “estar en el mundo” de la persona experimenta un cambio importante en cuanto a su estado de ánimo y a la pérdida de placer o interés en muchas  de las actividades que la persona solía llevar antes. Otros síntomas depresivos pueden ser:

  • Variación de peso apetito
  • Dolores y malestares persistentes
  • Alteraciones del sueño 
  • Agitación enlentecimiento psicomotores
  • Fatiga, pérdida de energía
  • Sentimientos de inutilidadculpaimpotenciadesesperanza y pesimismo
  • Disminución de la capacidad para pensar concentrarse, o indecisión
  • Pensamientos recurrentes de muerte ideación suicida

La persona vive un impasse por la que cualquier cosa que haga, no consigue cambiar su estado, repercutiendo gravemente sobre su autoestima: puede sentirse inútil, inadecuada, incapaz, impotente, sin valor, sin derecho a recibir amor, comprensión, ayuda. La visión de sí misma está marcada por una negatividad importante: hay una tendencia a desvalorar cualquier forma de reconocimiento, interna o externa, hacia sí mismos.

El instalarse en una solución depresiva en lugar de otra como reacción a un acontecimiento vital, puede verse facilitado por los mandatos que la persona asume como su propio guion o relato de vida. Los mandatos son restricciones que proceden de mensajes limitadores que implicitamente asumimos de nuestras figuras parentales. Éstos dan pie a restricciones y prohibiciones autodirigidas y llevan a la persona a no darse el permiso para sentirse plena, a gusto consigo misma y con los demás.

En otras palabras, la persona tiende a actuar en una constante condición de defensa y desvalorización, seleccionando sólo fracasos y atribuyéndolos a una escasa capacidad de control sobre los acontecimientos. Ante la posibilidad de sufrir más fracasos sólo ve dos opciones: no hacer nada, para no enfrentarse a otro fallo, o intentarlo sin aprovecharlo y no reconocer sus méritos. En los dos casos, el resultado es el mismo: obtener un mensaje negativo sobre la propia persona.

El proceso terapéutico

Para la persona que se encuentra en esta situación puede ser muy díficil ver una salida. Ante esto, el primer paso es entender que estar deprimidos no significa que somos débiles, ni que tengamos que avergonzarnos por lo que nos está pasando. Es importante aceptar este estado de ánimo: el dolor nunca es inútil y puede ser ocasión para una transformación profunda y una nueva conciencia de nosotros mismos.

Emprender un proceso terapeutico, en algunos casos acompañados por un soporte farmacológico, es posible salir de este túnel. Para la persona es un paso importante el mismo hecho de pedir ayuda de un profesional, sin embargo puede experimentar al mismo tiempo cierta dificultad para ponerse en manos de otra persona debido a su estado de desesperanza y desconfianza.

Para esto, el proceso terapeutico se centra inicialmente en estudiar con la persona el funcionamiento del circuito existencial negativo en el que se mueve: cómo se refleja en sus pensamientos, creencias, afectividad, relaciones, conductas y su cuerpo. La persona puede de entrada pedir ayuda para trabajar sobre algún síntoma concreto y el terapeuta le podrá acompañar en concienciarse sobre el significado de éste y otros síntomas en un cuadro más amplio. El ampliar el nivel de conciencia sobre el propio funcionamiento es de gran ayuda para construir un yo más fuerte de base más sólida y redescubrir el propio potencial.

Después, la persona tiene la oportunidad de experimentar una nueva perspectiva respecto al significado de sus propios mandatos, empezando a valorar un posible cambio de ruta. Es un momento delicado, en el que el trabajo se centra en facilitar a la persona las herramientas necesarias para una progresiva toma de las riendas de su vida. Se trata de reconocer y aceptar tanto las propias cualidades como los propios límites, asumir positivamente la posibilidad de un fracaso y el dolor como algo que puede ocurrir y que no es definitorio de la persona en su complejidad: darse el permiso para ser lo que se quiera, para que los demás se puedan acercar a ella, para confiar en el resto, para ser libre de sentir, de hacer, de disfrutar, de vivir. Puede que no sea un camino fácil, pero con la justa dosis de motivación y la ayuda adecuada es posible encontrar la luz.