conflictoUUn tema recurrente en terapia es el manejo de la comunicación interpersonal. No es extraño; una parte esencial de lo que nos hace humanos es el contacto con otros desde que nacemos. Deseos, necesidades y metas pueden encontrarse obstáculos cuando chocan con los de otras personas, o incluso con partes de nosotros que hemos asimilado de fuera.

Este intercambio continuo nos coloca permanentemente en lo que Perls llamaba la “frontera de contacto”, donde reside el Yo. ¿Por qué? Porque es ahí donde distinguimos lo nuestro de lo externo y aprendemos a poner límites y reconocer los de los demás. Aunque parece sencillo de decir, es una de las tareas más dificultosas de nuestra forma de “estar en el mundo” y fuente habitual de problemas psicológicos.

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Confrontación

Para encontrar estos límites, contamos con un “aliado” en esta tarea, como es la rabia. Esa sensación corporal de activación, de calor, de tensión muscular para agredir ante una amenaza es parte de nuestra “equipación” natural. La puesta a punto del cuerpo nos advierte de que algo ha traspasado un límite. La rabia es una emoción movilizadora y difícil de manejar; es bastante frecuente encontrar personas con problemas para gestionarla.

“Dejarnos llevar por la rabia” implica un descontrol que todos podemos reconocer en ataques de ira, irritabilidad general o lo que se conoce como “mal genio”. Las personas que tienden a la agresividad pueden presentar problemas diversos: violencia física o verbal, sensación de agotamiento por enfado permanente, intolerancia a la frustración, mala relación con el entorno. Además, los otros pueden devolvérnosla, entrando en un círculo: las personas con rasgos pasivo-agresivos o paranoides, tienden a ver a los demás como amenazas y en el fondo sentirse desamparados e incomprendidos. Antisociales o narcisistas no creen que tengan que limitar la expresión de su rabia por nadie; impondrán sus límites al resto, pero a costa de una ausencia de relaciones satisfactorias. En ocasiones ocurre inconscientemente al activarse nuestras “respuestas automáticas” de defensa; ocurre en personas muy expansivas, que sin actuar desde la rabia pueden hacerla aparecer en los demás.

Evitación

Sentir la rabia puede ser muy amenazante por sí solo, apareciendo el problema contrario, su represión, igualmente perjudicial. La persona “decide” sustituirla por otras que considera más adecuadas como por ejemplo el miedo, la tristeza o la alegría. Emociones parásitas, porque disfrazan el verdadero sentimiento y nos llevan a conductas indeseadas, como ceder nuestro espacio a los demás: dejarse influir en exceso, servilismo, pasividad o acomodamiento a los deseos ajenos. Comportamientos que crean a su vez malestar y rabia. No es raro el caso de la persona que va “tragando” ante las demandas del resto hasta que un día la rabia oculta explota en un acceso de ira del que después se siente culpable. La evitación excesiva del conflicto puede conducir por ejemplo a una timidez exagerada por miedo o una retirada, afectando así a las relaciones interpersonales.

La terapia

Las personas con alguno de estos problemas de relación suelen llegar a la consulta con conflictos abiertos con alguien significativo, que provocan mucho malestar. Otras veces comentan que quieren cambiar “su forma de ser”. En general, desean llevarse mejor con los demás, pero no saben cómo. En este caso, el primer paso consiste en analizar ese patrón de relaciones a través de la historia personal, del conflicto que hay abierto…en definitiva, conocer un poco mejor el mundo del paciente. Cuando se trata de una inadecuada gestión de la rabia el proceso terapéutico se centra en:

Entender nuestra rabia, escucharla y saber qué hacer con ella sin que nadie salga dañado. La rabia por sí sola no tiene moral; se la damos nosotros. La clave es comprender cuándo aparece, qué se vive como un peligro, si la estamos sustituyendo por otra emoción, y la forma más conveniente de expresarla. Descubrir para qué sirve esta rabia, aceptarla como parte de nosotros. En ocasiones se trata de rabia antigua contra algo del pasado, que colocamos en los demás o contra nosotros mismos al resultarnos imposible dejarla salir fuera.

Aprender a poner límites sanos, reconociendo nuestras propias opiniones, deseos y necesidades, aceptándolas y buscando la mejor manera de comunicarlas; aprender a pedir que paren cuando percibimos que nos invaden. Se trata de alcanzar una respuesta satisfactoria a esa demanda de poner nuestro límite.

A reconocer los límites de los demás. Escucharlos, tratar de comprender qué nos están pidiendo, qué necesitan de nosotros y hasta dónde podemos darles. Aprender a considerar a los demás como iguales más que como potenciales fuentes de daño o alguien a quien utilizar o intimidar; a acercarnos de forma honesta y no manipulativa sin miedo a expresarnos.