c/Industria 122, Portería - 08025 - Barcelona
del derecho a la duda
Dudar - niña que duda

A lo largo de nuestras vidas, las personas tomaremos miles de decisiones. La mayoría de ellas no tienen especial relevancia ni impacto y sus consecuencias son inocuas. Pero hay algunas que pueden alterar su curso, afectándonos a nosotros y también a terceros, y por tanto es más fácil que aparezca un fenómeno al que le tenemos bastante inquina: vernos en el trance de dudar. La temida duda, eterna compañera de fatigas en esto de optar por un camino u otro.

Dudar es desde luego una sensación incómoda, que genera diversos grados de malestar dependiendo de cómo llevemos eso de permanecer en la incertidumbre. Nuestra relación con lo desconocido o lo impredecible nos va a marcar la pauta de las reacciones emocionales cuando estamos atascados en un dilema para el cual no hemos encontrado aún una solución satisfactoria. Los humanos en general tenemos bastantes problemas para lidiar con el azar, con situaciones imprevistas, la frustración de expectativas y la pérdida, y todo esto va a aparecer en cuanto nos veamos enfrentados a una decisión que consideremos importante.

Duda - Sano o noPor ello, los psicólogos nos dedicamos – entre otras problemáticas – a ayudar a las personas que acuden a consulta a valorar todos los aspectos posibles de su dilema existencial, identificar creencias y sesgos o factores emocionales contaminantes que puedan estar afectando a este análisis y también a aceptar cierto grado de incertidumbre en cuanto a la decisión. Como rezaba aquel meme de Internet, lo mejor para la ansiedad es tomar decisiones. Sin embargo, es tentador deslizarse por la pendiente de la simplificación e irse al extremo contrario: azuzar a los demás a que decidan cuestiones delicadas de forma contundente – y precipitada – puede ser una respuesta evitativa para huir de este incómodo estado de duda.

A esto ayuda, cómo no, la tendencia actual del mercado de autoayuda, y el coaching o pseudo terapias new age, cuya fórmula para ser resolutivo consiste en aplicar egoísmo en cantidades industriales, tomar decisiones rápidas caiga quien caiga, y en definitiva confundir impulsividad con resolución. No hace falta decir que aran en campo abonado; la seguridad en el propio juicio es una competencia que cotiza tan alto, que nos da lo mismo si está basada en el conocimiento o en un falso sentimiento de superioridad. Cualquier cosa por alejar el fantasma de la duda. El efecto Dunning-Kruger, un sesgo cognitivo por el cual personas sin habilidades se consideran más inteligentes que otras mejor preparadas y pontifican desde una seguridad autogenerada – pues son incapaces de detectar su propia ineptitud -, mientras que otras competentes tienden a subestimar sus capacidades, sería un reflejo de esta necesidad de protegerse frente a la duda. Aparentar seguridad puede encumbrar en sociedad a individuos manifiestamente incompetentes.

Mecanismos inadecuados aparte, hay otros factores que pueden fomentar la duda, como por ejemplo la saturación de opciones disponibles: si tengo que decidir entre cientos de ellas, es muy probable que me bloquee ante la ausencia de criterios de filtrado, y algo tan sencillo como comprar una nevera se puede convertir en un suplicio. La imposibilidad de acceder a mejor información y tener que decidir con datos limitados es bastante corriente, y también, comprensiblemente, que me domine la aversión a la pérdida; los dilemas que generan más dudas e inquietudes son aquellos en los que estamos valorando con qué elección perdemos menos.

Duda - Ajedrez

Y ahora podemos imaginar el atasco cuando lo que tenemos por delante es una oportunidad de trabajo en el extranjero, una persona que hemos conocido y que nos atrae mucho pero vive lejos, el colegio donde irán nuestros hijos, si tenerlos o no, la casa por la que nos vamos a hipotecar o cualquier otra situación muy relevante en la vida de un ser humano. Vamos a tener que optar por un camino del cual ignoramos el resultado final, sabiendo qué es lo que dejamos atrás. Es, en resumen, una apuesta, y por ello no es extraño encontrarnos con personas dando vueltas y vueltas al asunto en círculos, buscando desesperadamente adivinar el futuro o encontrar una clave más con lo que saben, tomar decisiones en falso para volver para atrás a los pocos días, sin comprometerse con ninguna opción.

Por muy desagradable que sea permanecer en esta situación, lo primero para poder tomar una decisión satisfactoria es hacerse una pregunta clave: “¿Tengo que decidir ahora?”. Es cierto que en ocasiones se nos va a presentar lo que los griegos llamaban el Kairós y los romanos la Fortuna; una oportunidad fugaz, un tren que pasa rápido y que perderemos si no nos decidimos a subirnos a él. El momento oportuno de hacer las cosas. Ni que decir tiene que la presión que se siente cuando no hay margen de tiempo aumenta estratosféricamente la duda y la ansiedad que conlleva asociada, porque no podemos dedicar un análisis más sosegado, pero aun así la pregunta sigue siendo válida. ¿Cuánto tengo para valorar la oportunidad? ¿Es suficiente? De hecho, puedo incluso darme más tiempo a riesgo de que efectivamente el momento caduque, pero esto también es una elección.

Si necesito valorar más en profundidad, si creo que puedo obtener información más relevante, o no estoy en condiciones aún de comprometerme en firme con una decisión – en otras palabras, aceptar la pérdida que comporta, asumir las consecuencias de lo que he escogido e interiorizar las razones por las que lo he hecho de esta manera -, es mejor prorrogarla. Tiene un coste, evidentemente, que es seguir en metido en la duda, pero si no siento alivio con mi elección, la angustia se puede disparar cuando “no hay vuelta atrás”. Una sensación de irreversibilidad que no deja de ser otro bloqueo a la hora de decidir; en caso de no cumplirse las expectativas que tenía – “¡me he equivocado!” – es muy difícil, por no decir imposible, que haya perdido cualquier poder de tomar nuevas decisiones.

Por todo esto, hay situaciones donde permanecer un poco más en la duda nos puede suponer una ventaja – gano tiempo para una mejor valoración a cambio de cierta ansiedad – y, por tanto, postergar la resolución del dilema puede ser en sí misma una decisión sabia. Cuidado con cargarnos con prisas innecesarias, ahora que el cambio continuo y las tomas rápidas de decisiones están tan de moda, es más importante que nunca pararnos a considerar si es realmente imprescindible correr tanto, o si precipitarse tendrá consecuencias peores a largo plazo. Tomar un camino por el simple hecho de resolver no nos va a aportar ninguna sensación de alivio, determinación y satisfacción que sí obtenemos de una decisión meditada y alineada con lo que queremos, valoramos y nos podemos permitir.

Posts Relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mismas y de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies