ASOMÁNDOSE AL FRACASO
fracaso - papeles

Parecemos atravesar en una época dominada por ideas cada vez más cercanas a las fantasías de las primeras etapas de la vida que a la realidad: aspiraciones de felicidad continua, de éxito al alcance de nuestra mano, negación del fracaso, creencia en nuestra propia capacidad para imponer nuestros designios al mundo exterior y una fuerte convicción de que somos únicos y especiales. A esta infantilización de la experiencia humana, guiada por un egoísmo maníaco – en el sentido de no estar basado en ninguna evidencia – no ha sido ajena el popular género de los libros de autoayuda, ni ciertas corrientes del coaching, las pseudoterapias y demás parafernalia new age.

Si un coach te insiste en que “si quieres puedes” en sus charlas, un autor superventas te dice que “el universo conspira para darte lo que deseas”, o un gurú de la felicidad te asegura solo tienes que seguir tus sueños, es complicado sustraerse a estos edulcorados mensajes dirigidos a acariciar nuestro ego. ¿A quién no le gustan esas impactantes historias de éxito y superación como ejemplos a seguir? La mayoría basadas en el crecimiento personal, una catarsis en un punto crítico de la vida, y por descontado, mucho esfuerzo, trabajo y fe en uno mismo.

El centro del universo

fracaso - mujer con portátilEl mundo en tus manos. Solo de ti depende alcanzar la ansiada felicidad, sea esta lo que sea: reconocimiento, éxito social, trascendencia espiritual. Convertirse en el único protagonista de la propia vida tiene peligrosas implicaciones, que no son nuevas, sino que provienen de algunas derivaciones del pensamiento liberal; el resultado de mis proyectos y acciones va a determinar mi valía personal. Por lo tanto, si soy rico o famoso es sin duda porque lo he hecho bien en la vida, y si soy pobre, alguna responsabilidad tendré en ello. Esta visión del mundo no solo ignora cualquier contexto social – y resulta por tanto una simplificación irreal basada en un egoísmo radical -, sino que ayuda a sostener un orden social basado en valores individualistas en extremo, muy lejos de la experiencia humana y sin consideración alguna por los efectos de una excesiva desigualdad. Y lo que es peor, nos deja expuestos e impreparados para afrontar la parte menos agradable de la vida: el error, la equivocación y, en última instancia, el temido fracaso.

Errores y fracasos

Hay ciertas diferencias entre error y fracaso, que, sin embargo, en la percepción de muchísimas personas vienen a significar lo mismo, por lo que viven cada equivocación como un auténtico drama. El error es consustancial a la vida e incluso es uno de los métodos más elementales de adquirir conocimientos, lo que no quita para que una buena parte de nosotros le tengamos bastante aversión. Aun así, se tiende a concebir el error como provisional, una molestia o dificultad que no tiene por qué desviarnos de nuestros objetivos finales, mientras que el fracaso conlleva una definición más definitiva: fracasar supone tener que renunciar, abandonar nuestros planes iniciales, quizá un proyecto largamente soñado. Así que, valorar una situación concreta como un fracaso puede tener consecuencias devastadoras si no estamos preparados para encajarlo. Pero la pregunta crucial es … ¿cómo identificamos cuándo hemos fracasado?

futbol - fracasoNo hay una respuesta fácil, porque depende de factores muy variables. En primer lugar, las expectativas que tengamos sobre los objetivos que nos hayamos planteado. ¿Para qué toco la guitarra, para pasar un buen rato o porque quiero convertirme en una estrella de la música? ¿Qué podría pasar si apuesto por desarrollar una carrera profesional? En este aspecto, los casos de éxito son un modelo peligroso, porque se trata de una excepción estadística que tendemos a sobrerrepresentar – “si ha podido, yo también puedo” -, infravalorando los riesgos, la influencia de elementos azarosos, que suelen omitirse en este tipo de historias, y sobrevalorando la propia influencia sobre los acontecimientos. Podemos también encontrarnos con el escenario inverso, en el que la persona maximiza los riesgos, se minusvalora y teme la anticipación del fracaso, lo que la paraliza y le hace abandonar prematuramente. En cualquiera de los casos, la interpretación que hagamos de los resultados, y la consiguiente autovaloración, están completamente expuestas a nuestros sesgos y creencias favoritas. Por ello, es posible encontrarnos con casos extremos en que el individuo se viene abajo ante un error sin consecuencias, o, por el contrario, no percibe que sus esfuerzos por salir adelante con su plan son vanos a pesar de los nulos resultados.

Aceptar el fracaso

Con tanta variabilidad, y tan dependiente del contexto particular de cada persona, es una irresponsabilidad dar recetas generalistas, animando a continuar en cualquier situación, a perseguir tus sueños, aunque sean desmesurados y no se ajusten a las capacidades disponibles y frases por el estilo. Si mis habilidades con el balón no dan para progresar más allá de equipos de barrio, o me quedé fuera en el examen de acceso, si me eliminaron del concurso de canto o no me llamaron del trabajo aquel que tanta ilusión me hacía, necesito hacer un análisis realista de la situación. De qué factores han intervenido en el resultado, internos y externos – porque no, no todo depende de mí, ni mucho menos –, qué opciones tengo a mi alcance a partir de ese punto y qué decisiones puedo tomar. Es posible que haya pasado por alto cuestiones importantes, haya realizado una mala valoración de la situación, o simplemente, haya tenido mala suerte. Pero lo más habitual es que en algún momento de la vida no logre lo que me había propuesto, así que más vale aprender a gestionar la frustración, calibrar la dimensión real de la pérdida y valorar escenarios alternativos.

Rendirse es una opción

Ante el fracaso, el dolor emocional suele ser grande, ya que supone una pérdida – la de las metas que nos habíamos fijado -, la renuncia a unas esperanzas de futuro o a una idealización grandiosa. Sin embargo, empecinarse en seguir estrellándose contra una pared que no conseguimos derribar también puede suponer una fuente de malestar psicológico, con un desgaste cognitivo y emocional importante; es esencial poder ajustar nuestras expectativas. Y recordar que rendirse sí es una opción, en ciertas ocasiones la más inteligente, pues puede ayudarnos a encontrar otros caminos que no estábamos teniendo en cuenta. Renunciar a tiempo puede ser incluso lo contrario de un fracaso, si es una solución adecuada a nuestros problemas.

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