LA AUTOESTIMA Y LO QUE DIGAN LOS DEMÁS
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Una constante en el trabajo de un psicólogo en consulta es encontrarse con que la persona que acude a buscar una solución a su sufrimiento ya ha elaborado su propio diagnóstico sobre lo que le pasa. La frase recurrente más escuchada por cualquier profesional de la psicoterapia actual es que todo se debe a que “tengo la autoestima muy baja”. Por lo tanto, lo que se le pide al profesional es su colaboración en encontrar la fórmula para elevarla, por supuesto.

autoestima - ejercicioLa primera pregunta que uno se hace ante esta afirmación es cómo ha llegado hasta esa conclusión, puesto que en el fondo se trata de eso, una conclusión. Además, bastante genérica, y con generalidades es imposible trabajar en terapia. Detrás de cada persona que dice tener una baja autoestima – incluso quienes gozan de una alta autoestima pueden llegar a creer que la arrastran por los suelos cuando afrontan un problema que les supera – hay una historia diferente, experiencias, características y rasgos muy dispares, y por tanto, no hay un método ni una fórmula concreta que eleve la autoestima, y con ello, solucione todos tus problemas. Digan lo que digan algunos vendedores de milagros.

Por el contrario, podríamos decir que la terapia funciona justamente al revés; revisando la situación, explorando el juicio de valor concreto que hay bajo esta etiqueta y solucionando problemas específicos la autoestima sube, pues básicamente es la consecuencia, no la causa. Este proceso inductivo es imprescindible antes de ponernos a recetar actividades placenteras a mansalva, pues va a permitir intervenciones individualizadas y, por lo tanto, mucho más eficaces. El objetivo final es permitir evaluar de nuevo, bajo un contexto más equilibrado, el juicio que la persona hace de sí misma e impedir que se cronifique un sesgo negativo; el peligro de una baja autoestima es que pueda consolidarse en una creencia arraigada, porque entonces va a influir en el análisis que se haga de cualquier situación nueva, corriendo el riesgo de tomar malas decisiones.

Casi todos hemos escuchado alguna vez la definición típica de la autoestima, como el juicio personal que hacemos acerca de nuestra valía y capacidad (Marsh y O’Mara, 2008; Rosenberg, 1962). Se trata de una evaluación afectiva, por lo que el resultado se da en términos emocionales, y suele considerarse como un valor general más o menos estable; según Rosenberg (1995) esta valoración global se traduce en una actitud – positiva o negativa – hacia sí mismo. Esto nos acerca al concepto de posición vital básica de Eric Berne; la persona toma una decisión inconsciente sobre si está bien o mal (Yo+ o Yo-) que la predispone a la hora de decidir cursos de acción.

Sin embargo, esto es una simplificación, puesto que nuestros juicios de valor no solo son bastante más complejos, sino que están muy influidos por factores externos como pueden ser las experiencias vitales y nuestra relación con los demás. Efectivamente, la valoración ajena y la interacción con el resto de humanos tiene un peso grande en este proceso de construcción de la autoestima, por lo que esta tendría un componente variable y fluctuante en función del contexto vital del momento y la calidad de las relaciones del sujeto – por eso una relación de pareja altamente conflictiva afecta a la valoración que la persona hace sobre sí misma -. En otras palabras, y aunque nos cueste reconocerlo, no es tan fácil “pasar” de lo que los demás nos dicen y convertirse en una especie de isla emocional a la cual todo le resbala, como nos recomiendan abundantes memes de autoayuda y pseudo psicología.

autoestima - mujerPor eso tampoco podemos olvidar que hay que intervenir teniendo en cuenta el “hábitat” de la persona; aprender habilidades sociales y una buena gestión emocional para mejorar los intercambios con los demás es una herramienta muy poderosa para que la sensación de eficacia aumente. De hecho, hay autores que prefieren hablar de autoeficacia; cuando nos sentimos capaces de conseguir algún logro nos sentimos orgullosos y satisfechos, y más dispuestos a reevaluar nuestras habilidades en positivo.

Así que antes de quedarnos con una valoración global, genérica y – por tanto – poco útil sobre nuestra autoestima, un buen ejercicio consiste en desmenuzarla en partes “más pequeñas”. ¿Qué es lo que no nos gusta de nosotros? Quizá sea solo una parte; nuestro aspecto físico, o más concretamente alguna zona corporal que no nos guste, ciertas habilidades que tengamos en mucha estima y de las que carecemos, o al revés, alguna característica que consideremos indeseable … todas pueden tener mucho peso en la valoración final, aunque estén muy localizadas. El caso es que ofrecemos muchas pistas sin apenas darnos cuenta; es muy típico escuchar comentarios automáticos en voz alta – “es que soy tonto”, “si no fuera tan ñoña”, “el problema es que soy muy vago” – sin demasiada reflexión, que nos ponen en el camino de averiguar qué nos hemos creído sobre nosotros.

Por esta naturaleza multidimensional, es imposible unificar una sola versión de lo que es la autoestima, ya que cada persona le da importancia a rasgos diferentes. ¿En función de qué? Aquí es donde entra en escena la biografía y la particular historia personal de cada cual: de entre los infinitos y contradictorios mensajes que recibimos durante nuestra vida, especialmente cuando somos más vulnerables o receptivos, aquellos que vienen de nuestros iguales – por ejemplo, el grupo de pertenencia o ampliando mucho, los valores socialmente aceptados -, o quienes son más importantes para nosotros tienen más papeletas de convertirse en origen de nuestra autoestima. En un grupo donde se tenga como principio moral importante el esfuerzo sin medida, flaquear en este aspecto nos puede llevar a ser señalados por ello.

Así que, en el fondo, aquello que pensamos de nosotros mismos, sea positivo o negativo, dentro de su individualidad, está profundamente influido por el contexto social. Es decir, por los demás, cuya opinión nos importa tanto como para modelar un aspecto tan personal. Aunque todo hay que decirlo, pasando primero por nuestro propio filtro: de algún modo decidimos qué nos creemos y qué rechazamos de aquello que nos llega. Y aquello que un día elegimos, lo podemos cambiar si queremos.

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