EL DIFÍCIL CAMINO DE LA RENUNCIA
Renuncia - Maletas

En muchas ocasiones, en el transcurso de la terapia que tiene que ver con algún problema de relación, la persona suele preguntarse si tiene dependencia emocional, cuando en la mayoría de los casos lo que hay es una dificultad enorme para considerar la renuncia a una situación claramente insatisfactoria. Aunque se trate del caso más habitual, no es el único ámbito donde aparece esta incapacidad de renuncia: trabajos explotadores, amigos o conocidos que soportamos por compromiso, estudios que nos aburren mortalmente, hábitos claramente insanos e incluso almacenar toda clase de trastos que ya no sirven para nada son algunas de las situaciones más corrientes.

Renuncia - amorLo que suele ocurrir aquí, más que algún tipo de trastorno por dependencia, que tiene unas características bastante diferentes – básicamente, la persona que lo padece se somete al criterio de otro, que se ocupa de ella y se hace cargo de sus responsabilidades – es una valoración defectuosa de la situación en la que nos encontramos y de los posibles beneficios o pérdidas de las opciones de cambio que tenemos. Esta valoración estará muy influida por nuestros propios sesgos o creencias distorsionadas y teñida de malestar emocional, en concreto de miedo y tristeza.

Renunciar a un trabajo que odiamos o en el que estamos sufriendo mucho, suele costar más de lo que se podría creer en principio; al valorar nuestras posibilidades, es muy posible que infravaloremos nuestras habilidades para encontrar uno nuevo más interesante – no me veo, está muy difícil, soy muy mayor, y un largo etcétera -, que resaltemos en exceso el valor de un salario mensual, como si en otra empresa no nos fueran a pagar, y toda una serie de racionalizaciones que sirven para camuflar el miedo que sentimos ante una decisión que tendrá importantes implicaciones futuras.

Y es que un posible futuro mejor juega en desventaja, puesto que a la hora de valorar un cambio conocemos perfectamente qué es lo que dejamos atrás, pero no tenemos ni idea de lo que encontraremos más adelante. Dejar una relación, un trabajo, unos estudios o una ciudad es una especie de salto al vacío en el que sabemos que nos cerramos opciones conocidas, pero no podemos estimar con claridad cuántas y de qué valor se nos abren. En pocas palabras, para tener la posibilidad de mejorar debemos hacer la renuncia primero. Aquí suele aparecer el famoso sesgo de negatividad, que, aunque cuida de nuestra supervivencia, en muchas ocasiones nos bloquea y resulta perjudicial: cuando intentemos adivinar qué ocurrirá si dejamos a ese novio que tanto nos hace sufrir, puede que lleguemos a un escenario donde envejecemos sola y abandonada por todos. En definitiva, le damos más valor a la pérdida que a la ganancia (Kahneman y Tversky, 1979)

Renuncia - Liberar

Todas estas son, a grandes rasgos, las dificultades habituales que se encuentran en una toma de decisiones. Apostar por un camino implica renunciar a las demás opciones que barajábamos, despedirnos de ellas y cerrar esas vías. Incluso decisiones que en su momento tenían claros efectos beneficiosos, con el paso del tiempo y los cambios vitales pueden requerir nuevas decisiones que impliquen desprenderse de personas o situaciones pasadas. Aquí nuestra capacidad para aferrarnos a algo que tenemos puede verse interferida por la irrupción en el presente de escenarios del pasado.

Igual que un niño al que le cuesta deshacerse de un juguete viejo a pesar de que hace años que no lo usa, tendemos a sobrevalorar aquello que un día fue, como si desprendernos de algo que no nos resulta ya de ninguna utilidad implicara la renuncia a lo que ya hemos vivido. Nuestros recuerdos, nuestras vivencias emocionales están asociadas a esa persona, objeto o lugar y parece que nos cuesta moverlas de ahí. Como si al renunciar todo aquello se perdiese, desapareciera o no tuviera ya valor. En muchas ocasiones hemos escuchado a alguien razonar en ese sentido, presentando como una inversión de futuro lo que en realidad es una experiencia ya vivida. Como los jugadores de póker que van perdiendo y deciden no retirarse por si aparece un golpe de suerte que compense lo que ya llevan jugado. Esto se suele llamar en economía el efecto del costo hundido (sunk cost): una inversión antigua no debería influir en las opciones actuales que manejo, sino solamente considerar si mejoro o no respecto la situación actual (Arkes y Aiton, 1999).

Sin embargo, dejar muchas opciones abiertas y no realizar el ejercicio de renunciar a ellas presenta otro problema adicional: el de tener que repartir recursos entre todas. Cualquiera que haya probado una aplicación de contactos y mantenga tres o cuatro citas simultáneas puede comprobar los efectos. Conservar demasiado nos conduce al desgaste, a la insatisfacción y al malestar psicológico.

A lo largo de la historia de la humanidad, diversas corrientes filosóficas ya se ocuparon del problema de la renuncia o del dejar marchar, que en definitiva no es más que una faceta de nuestras dificultades para dejar pasar cualquier pequeña necesidad inmediata, y que, según los budistas o los estoicos, están en la base de nuestra infelicidad. Nos resistimos a renunciar a algo porque aún creemos que satisface una necesidad, aunque sea una fantasía, pertenezca a una época pasada de nuestra vida, o nos provoque insatisfacción en contrapartida.

Aprender a renunciar implica aceptar la pérdida como parte de la experiencia humana, y saber seleccionar de qué queremos desprendernos. Podemos preguntarnos honestamente qué nos gustaría dejar atrás, o qué puertas cerraríamos. De hecho, la experiencia en terapia apunta a que la inmensa mayoría de las personas ya lo sabe de algún modo. El miedo a ser incapaces de cumplir nuestros deseos y cubrir nuestras necesidades nos bloquea, nos ancla a soluciones antiguas y oculta el problema subyacente: una inseguridad básica en nosotros mismos.

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