"YA TE LO DIJE": LA DURA LUCHA POR TENER LA RAZÓN
Tener la razón

Para poder guiarnos por la vida, los seres humanos contamos con una única fuente primaria de información: nuestra propia percepción. Procesamos la información que nos llega del exterior y construimos con ella un esquema mental propio de creencias, valores y opiniones que nos ayuda a tomar decisiones en nuestro día a día. Sin embargo, a pesar de ser de primera mano, sabemos que no es del todo fiable: no sólo nuestros sentidos pueden engañarnos, sino que el mundo exterior es cambiante, ambivalente e incierto. Para acabar de arreglarlo, los demás seres humanos tienen tendencia a procesar de otra manera los mismos estímulos que nosotros. Ante este panorama desolador, nos aferramos a una herramienta defensiva infalible: tener la razón.

schopenhauer - Tener la razónDesde bien pequeños nos damos cuenta de nuestra incapacidad para explicarnos el mundo satisfactoriamente, y también de que existen personas más grandes y con más poder que nosotros – los adultos – que poseen esa sabiduría. Así que lo primero que necesitamos adquirir es una confianza básica en nuestra percepción. Esto se consigue por medio de la intervención de nuestros padres en el proceso de organizarnos la vida conforme a una rutina. La regularidad se traduce en la seguridad de poder predecir lo que ocurrirá a continuación. Los niños aprenden que después del baño toca cena, o que, si ven una película más de una vez, pueden adivinar qué escena toca en cada momento. La tranquilidad que da poder anticipar lo que pasará no tiene precio.

Pero es muy fácil volverse adicto a estas inyecciones de seguridad. Cuando me muevo en un escenario de incertidumbre, encontrar un patrón o poder hacer un pronóstico ajustado producen un placer indescriptible. Si lanzamos una profecía catastrófica sobre alguna decisión ajena que finalmente tiene lugar, en vez de tratar de animar o consolar a nuestro infortunado interlocutor que ha calculado mal, muchos de nosotros preferimos entonar un eufórico y perjudicial “ya te lo dije”, que no sirve para absolutamente nada más que mortificar al otro y ponerlo de uñas con nosotros.

Dado que refuerza nuestro poder personal como inteligentes y adecuados pronosticadores del futuro, somos capaces de desarrollar estrategias muy agresivas con tal de tener la razón. Pasando no solo por encima de los demás, sino incluso de explicaciones alternativas más sanas o satisfactorias para mí mismo. Solo hace falta haberme convencido de alguna creencia, da igual que resulte dañina o dolorosa; haré lo imposible para confirmarla. Tan poderosa puede llegar a ser mi necesidad de darme la razón.

Ya lo sabía

Hay un principio no escrito en psicoterapia que dice que nadie sufre a cambio de nada. Las personas tenemos una enorme capacidad de resistencia para soportar malestar psicológico, pero siempre hay un sentido en este sufrimiento. Una manera de aproximación a la comprensión de un problema psicológico es entender qué función tiene sostenerlo, porque no siempre es explícita; la mayor parte de las ocasiones es automática o inconsciente. Supongamos una persona que se ha convencido de que no le van a contratar para un trabajo que le interesa mucho. Está totalmente segura de que la van a descartar, ya sea por la edad o por el nivel de inglés que considera que tiene. A pesar de que la han llamado de la empresa, llega el día de la cita repitiéndose que no se haga muchas ilusiones, porque no tiene opciones.

mujer - tener la razónCon bastante probabilidad, no obtendrá ese trabajo que tanto desea. No es una cuestión mágica, simplemente tenderá a actuar o comportarse según ese espíritu de derrota: se ha descartado antes incluso de que la entrevista tenga lugar. Así que es muy posible que se presente con desgana, asustada, vencida. Que no ponga excesiva atención en lo que le están preguntando, o responda rutinariamente … incluso que proactivamente le cuente al entrevistador que su inglés es pobre, o que a sus años es complicado encontrar trabajo. Eso sí, cuando reciba el correo agradeciendo la participación, pensará “ya sabía que me dirían que no”. Y sentirá cierta inconfesable oleada de satisfacción; el mundo sigue en su sitio, las cosas van como yo las imaginaba. Aunque imagine una catástrofe.

Ahora imaginemos que, en vez de esta certeza, nos hemos convencido de que no valemos, de que somos tontos, torpes o de que nadie nos querrá nunca. Vamos a ir por la vida buscando las señales confirmatorias y descartando aquellas que no cuadren con nuestra peculiar y horrorosa manera de ver el mundo. Pero oye, tendremos razón. Nos sentiremos seguros en nuestra desgracia. Predecimos catástrofes con una precisión asombrosa.

Solo puede quedar uno

Si tenemos la capacidad de hacernos estas trampas al solitario, qué podemos decir del momento en que contrastamos nuestra particular visión del mundo con la de otro representante de la especie que discrepe mínimamente. Cualquier objetivo que incluya una negociación, llegar a un acuerdo, cooperar o mejorar nuestras vidas en común palidecen ante la defensa acérrima que vamos a hacer de nuestra postura, ya llueva, truene o caigan chuzos de punta. La razón, como casi todo el mundo cree, es un bien escaso que, si lo poseo, sin duda el otro carece de él. Y por esta pendiente deslizante, el conflicto entre puntos de vista diferentes deriva en una dura pugna por tener la razón.

Cuando implícitamente consideramos que de varias maneras de interpretar una misma situación solo una es la correcta – curiosamente la nuestra -, podemos declarar abiertos los Juegos del Hambre. Según Steiner (1971, 2005), los juegos de Poder son intentos deliberados de manipular a alguien para salirnos con la nuestra. De las diferentes familias o modalidades de juegos de Poder,  una de las más importantes es la de “todo o nada”, aquellos que se basan en la presunta escasez de algún recurso. Típicamente, la razón. Podemos escalar la discusión hasta límites insospechados para apabullar al otro en una competición imaginaria por alzarnos con tan preciado trofeo. Necesitamos ser validados; si admitimos un error o flaqueza en nuestra argumentación, anticipamos no solo el ataque del otro, sino nuestra propia voz interior criticándonos por nuestra debilidad o indecisión. Imponernos, o al menos salvar la cara, nos puede llevar a posiciones rígidas e inflexibles. A convertir cada conflicto en un combate a muerte por obtener nuestra propia aprobación.

Por este camino es fácil dejar un rastro de cadáveres, además de perder el foco de lo que plantea un conflicto: posibilidades no solo de negociar acuerdos ventajosos, sino integrar nueva información, nuevas maneras de pensar y de hacer que nos permitan flexibilizar nuestros esquemas mentales. De acercarnos a los demás y mejorar relaciones importantes. Cuanto más entrenados estamos en la posibilidad de cuestionar nuestras posiciones de partida y asimilar nueva información, mejor nos adaptaremos a nuevos escenarios; aunque resulte más duro que el inmovilismo, a la larga es una fuente más satisfactoria de seguridad que la inmediatez de reforzar mis prejuicios de partida.

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