LA IMPORTANCIA DEL ABURRIMIENTO
aburrimiento - en clase

Vivimos en la era del culto a la efectividad, la eficiencia y la productividad. Raro es el día en que uno no recibe algún mensaje externo recordándole la importancia de cultivar estos valores, consejos sobre cómo ser más eficiente utilizando decenas de planificadores y apps para el móvil, cómo crear impacto inmediato o alertando de los peligros de una baja productividad. Este clima social tiene su reflejo en terapia, donde es muy común encontrarse con personas que a cada rato comentan que “no puedo perder el tiempo”, tienen que “hacer algo con su vida” o necesitan una fórmula mágica en dos sesiones. Personas en estado de estrés crónico, con cuadros de ansiedad o depresión, a las que su cuerpo está mandando avisos serios y que cuando les hablas de descanso te miran con cara de “no puedo permitirme eso”. Personas, en definitiva, cuya mayor preocupación es caer en el temido aburrimiento.

Una de las dificultades más curiosas aparece a la hora de diferenciar el tiempo de descanso del aburrimiento, cuando son estados completamente distintos. Alguien realmente eficaz, eficiente y productivo sabe que el correcto descanso es imprescindible para rendir de manera óptima, y es capaz de permitírselo. Y, probablemente, tendrá una visión realista de lo que puede dar de sí un cuerpo humano en un día y será capaz de administrar sus periodos de esfuerzo máximo. Lo que es seguro es que no catalogará sus ratos de ocio y relax como “tiempo improductivo”. Es por reconocimiento de esta necesidad de descansar que las vacaciones son obligatorias en las empresas. No explicaremos en este artículo las consecuencias para la salud de la falta de descanso, porque llenaríamos tres libros y hay literatura abundante al respecto.

Cuando descanso, no realizo ningún esfuerzo mental. Ya sea mediante una actividad placentera que no me requiera estar atento o centrado, o simplemente divagando y dejando la mente fluir; nuestro cerebro pasa a una especie de modo “sin tarea” (Cristoff y cols, 2009, Fox y cols, 2015). Un estado necesario para recargar pilas antes de volver a dedicarnos a cualquier cosa. Sin embargo, el aburrimiento es otra historia. Según la definición intuitiva y genial de Leon Tolstoi, el aburrimiento es el deseo por los deseos. La investigación científica le ha acabado dando la razón al legendario escritor ruso: el aburrimiento es una sensación desagradable, una señal clara de insatisfacción. Tan evidente que los niños la aprenden muy rápido: “Mamá, me aburro”.

¿Qué nos está indicando el aburrimiento?

Para resumir, que no estamos encontrando una actividad que nos enganche, en la que podamos emplear nuestras habilidades cognitivas. Habilidades que aquí, a diferencia de los periodos de descanso, sí están listas para la acción (Danckert, 2018). En otras palabras, queremos estar atareados con algo, pero no encontramos ninguna propuesta válida, aunque tengamos tareas a mano. Y esta es otra distinción entre el aburrimiento y la apatía: la persona que se encuentra apática tampoco está conectada con su entorno, pero no siente esa insatisfacción típica de cuando nos aburrimos.

¿Qué nos provoca esta sensación de tedio? Hay varios factores circunstanciales que lo favorecen, como la monotonía y la obligatoriedad – situación que cualquiera que haya tenido que estudiar para un examen particularmente pesado conoce perfectamente -, pero no explican por sí solos este mecanismo. La cuestión central reside en que, en ese momento de activación cognitiva, no hay a nuestro alcance nada que queramos hacer. Por lo tanto, evitaremos este estímulo aversivo si encontramos alguna razón para comprometernos con lo que estamos haciendo: la motivación interna ayuda a vencer el aburrimiento. Pero si no lo conseguimos, lo más normal es que intentemos escaparnos de esta desagradable sensación, y aquí han venido a ocupar un papel central las innumerables distracciones que ofrece Internet y las redes sociales.

En efecto, es mucho más fácil obtener una recompensa inmediata para esta incómoda experiencia mirando un vídeo de Facebook, charlando con alguien, enviando un mensaje o leyendo un meme que buscando una solución más duradera o comprometida. Motivarse para terminar un artículo centrándonos en la futura satisfacción de verlo publicado nos coloca la recompensa más lejos y más difusa, aunque pueda ser mayor. En esta capacidad de atraer nuestra actividad mental, que huye de las tareas que se le presentan y no le acaban de convencer, se basan las adicciones a las redes sociales. Un ambiente virtual que para cada vez más personas es el único lugar donde son capaces de concentrarse totalmente.

Entonces, ¿para qué sirve el aburrimiento?

Aburrimiento - DescansoHay una idea intuitiva de bastante éxito que relaciona el estado de aburrimiento con la capacidad creativa. La psicología ha tratado de comprobar si hay alguna base para esta afirmación, más allá de evidencias anecdóticas de artistas o escritores, aunque los resultados son poco alentadores. Larson (1990) encontró que los estudiantes que referían niveles altos de aburrimiento entregaban trabajos de menor calidad. Mann y Cadman (2014) sometieron a sus sujetos a tareas de lectura y escritura de números hasta aburrirlos y después les propusieron una actividad creativa. El resultado es que se les ocurrían más ideas, pero no más originales. Haager (2016) llegó a la llamativa conclusión de que dedicarse a una tarea creativa por un tiempo prolongado llevaba a las personas a aburrirse. Cuanta más práctica tenemos en algo, más probable es que aumente la fluidez y también el aburrimiento. Hunter (2016) propone que la tendencia al aburrimiento solo se relaciona con la variable de la curiosidad, pero no de la creatividad, que dependería más de rasgos de personalidad como la apertura a la experiencia o la extroversión. En lo que sí parece que es crucial el aburrimiento es en favorecer la búsqueda de alternativas para poner el “motor” cognitivo en marcha, un motivador que a las personas creativas las puede llevar muy lejos.

La procrastinación, otro término de moda del que todos los coaches y gurús de la productividad nos quieren librar porque es terriblemente maligna, sería sospechosamente similar a lo que se conocía como pereza y estaría relacionada con la conocida técnica evasiva de ir aplazando aquello que no queremos hacer. Dicho de otro modo, estamos tratando de evitar caer en el aburrimiento. Sin embargo, empiezan a verse matices dentro de la mala fama general de la procrastinación: Kim (2015, 2017) diferencia entre procrastinación activa y pasiva. La primera sería aquella donde la persona elige deliberadamente aplazar una tarea hasta las últimas fechas disponibles, a sabiendas de que bajo presión rinde mejor. El resultado de sus experimentos indica que los estudiantes que usan esta técnica obtienen buen rendimiento académico. Pero no todo el mundo puede usarla: las personas con neuroticismo elevado no pueden soportar ese nivel de estrés, y tienden a aplazar por aversión a la tarea.

Por lo tanto, sería interesante que desecháramos la idea de que el tiempo de descanso es improductivo, porque es al contrario: descansar correctamente favorece la eficiencia y la productividad. Y también perderle el miedo al aburrimiento. Si no hay nada interesante que hacer, esa molesta sensación nos llevará a algún sitio mucho más motivador si sabemos interpretarla y manejarla bien. Las sensaciones corporales, aun incómodas, no son un problema, simplemente son. La cuestión es lo que hacemos en consecuencia.

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