CÓMO ROMPER UNA RELACIÓN SIN METER MUCHO LA PATA
romper una relación

Una ruptura sentimental puede ser uno de los acontecimientos más dolorosos a los que nos enfrentemos en la vida. Todos somos más o menos conscientes del sufrimiento que implica escuchar de tu pareja que no quiere seguir contigo, por lo que a la hora de romper una relación es frecuente que aparezcan sentimientos de culpabilidad o pronósticos catastróficos sobre lo que ocurrirá después. Esta anticipación del mal trago nos lleva en muchos casos a aplazar el momento, imaginando la mejor manera de decirlo, en general con la intención confesa de minimizar el daño y la menos evidente de aliviar nuestra culpa.

Sin embargo, a pesar de todas estas preparaciones, es bastante habitual escuchar por la parte dejada bastantes quejas sobre la forma en que su expareja le ha comunicado la mala noticia. A la hora de analizar estas situaciones desde esta perspectiva se corre el riesgo de valorar prematuramente como cobardía o hipocresía algunas conductas que son comprensibles si asumimos que quien rompe suele tener también sentimientos desagradables. Y que además conoce de antemano la enorme posibilidad de que se le juzgue tan duramente. Ingredientes suficientes como para que podamos meter la pata más de lo necesario.

En general, podría decirse que en la mayoría de los casos quien ha de anunciar la ruptura está más pendiente de tirar balones fuera, proyectar la culpa en alguna otra parte y evitar exponerse a las consecuencias dolorosas de lo que está pasando que de otros menesteres: después de algún tiempo rumiando en solitario la decisión, es fácil también perderse en las propias emociones y no reparar en las de quien tenemos delante. En realidad, no hay una forma sencilla de pasar este trance, así que para limitar el daño lo mejor es enfrentarnos a él, paradójicamente.

Va a doler

Seamos sinceros, es lo más probable. Sí, romper una relación es un asco. Nadie dijo que la vida fuera fácil. Ambos lo vais a pasar mal, pero cuidado con las fantasías sobre el drama post ruptura; una persona adulta tiene recursos para recuperarse y seguir con su vida tarde o temprano, así que cuidado con anticipar un desastre absoluto estilo novelón decimonónico. En el tamaño de este miedo premonitorio va a influir bastante cómo haya transcurrido la relación hasta ese momento, nuestro autoconcepto y el conocimiento real que tengamos del otro.

En muchos casos la montaña es tan grande que resulta imposible de escalar y aparece la ruptura por evitación, esa que tanto se reprocha a posteriori por la otra parte. Las desapariciones súbitas, el whatsapp “de la muerte” que precede a una desconexión sorpresa, el llegar a casa y notar que faltan las cosas del otro o incluso un post-it con una frase escueta son algunos de los ejemplos clásicos.

Es muy duro enfrentarse a un trance como este y el miedo es comprensible, pero si hemos tomado una decisión de dolorosas consecuencias es porque pensamos que estaremos mejor sin esa relación. Aun así, es importante hacer balance: seguramente hay buenos momentos vividos y cosas que agradecer a la otra persona. Si ese es el caso, y existe cierto respeto y valoración positiva, afrontar la situación dando la cara ayudará a disminuir el dolor. Cuando huimos, estamos tratando de evadir las responsabilidades de aquello que hemos escogido: nos movemos por la culpa, pero ya sabíamos que dolería. ¿O no?

Quien rompe eres tú

Suponiendo que hemos conseguido vencer a nuestro pequeño ego, que se resiste a aceptar su papel en esta historia, y llegar a la temida conversación, es una tentación bastante fuerte hacer partícipe a nuestra pareja de una decisión que es totalmente nuestra. Sí, la pareja es un sistema y cuando no va bien ambas partes están sosteniendo esa situación disfuncional. No, no somos los únicos responsables de este mal funcionamiento, desde luego. Pero de la solución impuesta sí. La ruptura es una conclusión unilateral a la que se suele llegar individualmente: si no se ha hablado nunca antes de problemas de pareja la probabilidad de que pillemos al otro por sorpresa aumenta.

Por lo tanto, cualquier frase que comience por “es que tú eres …” es recomendable evitarla. Ya resulta bastante complicado de procesar que te estén dejando como para además resultar que te endosan la responsabilidad de una decisión ajena. El riesgo de iniciar una discusión por esta vía es alto. Si yo rompo, seguro que tengo motivos razonables – puede que sea la mejor solución al problema – pero en todo caso son míos, por lo que cuidado con empezar señalando un listado de “agravios sufridos” – encasquetándole al otro mi propia culpabilidad -. Ser asertivo y empezar por un “es que yo pienso/creo/siento …” tiene efectos mucho más positivos en todos los implicados. La decisión sale de mí: por tanto, hablo en primera persona del singular.

Pensar por el otro

Incluso habiendo sido capaces de exponer nuestros argumentos haciéndonos responsables, la culpa sigue ahí – al fin y al cabo, estamos infligiendo daño, aunque no sepamos calcular realmente cuánto – y si le dejamos que guíe la conversación, puede causar estragos. Hay todo un abanico de frases hechas destinadas en principio a intentar reducir el impacto que en realidad consiguen resultados contrarios, puesto que en el fondo se basan en menospreciar la capacidad del otro de gestionar la ruptura. Dado que lo consideramos una víctima, el paso para verlo como alguien indefenso es corto. Por este camino se consigue caer en la condescendencia: a poco que mi ya expareja sea perceptiva se dará cuenta de que la trato desde una posición de desigualdad. Algunos ejemplos típicos son: te mereces a alguien mejor que yo”, “lo hago para que puedas ser feliz”, “estarás mejor sin mí”, “es lo mejor para los dos y un largo etcétera. Frases que además son poco auténticas, por decirlo de forma suave: ambos sabéis que lo haces porque así lo has elegido. Quien cree que estará mejor, de entrada, eres tú. Cualquier comentario de este estilo es bastante dañino.

Aguantar el tirón

Si hemos llegado a este punto sin caer en todas estas trampas “exculpatorias”, ahora sí nos tocará exponernos a la reacción de la otra parte. Que en ocasiones nos sorprenderá, si hemos estado durante los últimos tiempos más pendientes de nosotros mismos que de la relación: no es infrecuente que ya se lo esperasen o que hayan llegado a la misma conclusión por su cuenta. Este es el clásico impasse por miedo de ambos a señalar el elefante en la habitación, y que deja una sensación de alivio cuando se desvelan las cartas. Pero también nos podemos encontrar con la temida reacción de sorpresa, enfado y dolor, casi segura si hemos estado manteniendo oculto nuestro malestar hasta ahora. Es desagradable, desde luego; lo esencial en este caso es tener claro que por muchos que nos duela ver a la otra persona sufrir, no somos nosotros ya los encargados de ofrecer consuelo. Es posible que nos dirijan comentarios nada amables y que nos sintamos muy malos, sí. Romper no es nada fácil, pero si tenemos dudas basta con colocarnos en la situación contraria y pensar cómo nos gustaría a nosotros que nos dejasen.

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