EL INCÓMODO INSTANTE DE LA PREGUNTA
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En muchas situaciones sociales, tanto laborales como personales, uno de los momentos más temidos es aquel en que alguien – especialmente si tiene relevancia para nosotros – nos hace una pregunta. Muchas personas pasan las reuniones de trabajo sufriendo por la posibilidad de que alguno de los asistentes repare en ellas, pero en el terreno de las amistades puede ser incluso peor: el miedo a no saber qué decir o la presión autoimpuesta de contestar algo original e interesante nos puede dejar paralizados. Eso durante el incómodo momento, porque después, cuando hagamos una valoración, no será raro sacar el látigo del reproche interno para reafirmarnos en nuestra idea dolorosa preferida sobre nosotros mismos.

La pregunta en la escuelaEn psicología hay muchas etiquetas para diferenciar las diversas manifestaciones de estas dificultades sociales: fobia social, personalidades evitativas, timidez, etcétera. Todas tienen en común este miedo a someterse a la mirada de los demás, bien porque los consideremos “peligrosos”, bien porque nos hayamos convencido de que no estamos a su altura o más comúnmente por ambas cosas. Si nos encontramos en alguno de estos casos, un método infalible de detección es monitorizar nuestra reacción habitual a una pregunta. Hacia afuera, enrojecimiento facial, titubeos, respuestas pobres, nerviosismo visible … en definitiva, señales de incomodidad evidentes. En nuestro diálogo interno, afán de perfeccionismo, quedarnos con la mente en blanco, atención a los síntomas corporales o intentos de adivinar el pensamiento del otro – siempre para mal – son las acciones más corrientes.

¿Cómo se llega a esta situación? En principio todos los humanos nos preguntamos constantemente desde pequeños, siendo el método más universal para obtener información. Sin embargo, hay bastantes más usos de la interrogación como herramienta, algunos no demasiado inocentes. Esta lección la aprendemos rápido, especialmente cuando empezamos a ir a la escuela. Cualquiera que haya pasado algún tiempo con niños se da cuenta pronto de que, a pesar de estar aún desarrollando sus habilidades cognitivas, son observadores imbatibles y agudos analistas de la realidad. No se les escapa tampoco el peculiar papel de las preguntas en el ámbito escolar: saben perfectamente que, cuando el profesor les hace una, conoce la respuesta por adelantado.

Su profe no está interrogándoles porque necesite ampliar su conocimiento, sino para comprobar que efectivamente se saben la respuesta. Es más, se lo pregunta delante del grupo de iguales, por lo que la evaluación ocurre en presencia de todos: el miedo a decir algo inconveniente o ridículo puede ser muy elevado. La peor pesadilla para un niño es atraer las burlas de sus compañeros cuando responde incorrectamente. Este fenómeno no es en absoluto exclusivo de los centros escolares, pues abundan los adultos con tendencia a exhibir la inteligencia o rapidez mental de su prole empleando el mismo método ante una audiencia compuesta por otros adultos.

Con la llegada de la adolescencia, el efecto de la valoración ajena cotiza muy al alza y la posibilidad de meter la pata al responder cuestiones puede llegar a tintes dramáticos. Sobre todo cuando a la vez estamos creándonos una identidad adulta al mismo tiempo. “Van a pensar que soy tonto”, “no voy a saber qué decir y se reirán”, “como me equivoque me llevaré una buena bronca” … que puede fácilmente conducir a profecías autocumplidas del estilo “soy un inútil”, “nunca digo nada interesante”. El retraimiento, el aislamiento o la ansiedad social están servidas.

¿Qué podemos hacer con este aprendizaje distorsionado? Pues igual que en su momento lo aceptamos e interiorizamos, podemos aprender a vivir estas situaciones desde otro lugar. Para eso es necesario trabajar tanto con los pensamientos y emociones que surgen como con las acciones que realizamos, producto de las primeras. Algunos apuntes para perder el miedo podrían ser:

  • Tu respuesta no eres tú. Por lo general, la persona que te pregunta suele estar más interesada por el contenido de la contestación que por tu persona. Cuando tu jefe te consulta sobre cuándo podrás tener listo el informe, seguramente está más preocupado por la fecha de entrega que por evaluarte. No, los demás no están tan interesados en ti como tú mismo. No siempre hay una intención inquisitoria relacionada contigo.
  • Puedes responder “no lo sé”. De hecho, es lo más correcto si desconoces la contestación. No lo vas a saber todo en cada momento. La gente te preguntará por cosas de las que no tienes ni idea. Incluso puedes equivocarte, sea por falta de datos, imprecisión o mala memoria. Es altamente probable que quien te interpela tampoco lo sepa. Y en caso de que no hayas entendido bien la pregunta, puedes pedir aclaraciones.
  • Las preguntas sirven para conocer. La vida no es un examen continuo. Preguntamos en mayor medida motivados por deseo de saber y la pregunta es nuestra amiga a la hora de mostrar interés en alguien, no para pillar al otro en falso. Y si lo hacemos para eso, tenemos un problema.
  • La pregunta sin respuestaSomos intrascendentes la mayor parte del tiempo. Malas noticias, por mucho que te esfuerces en buscar una respuesta ingeniosa o sorprendente que deje a todo el mundo con la boca abierta, la vida no es una sit-com. Hay guionistas para eso. Ciertamente existen personas más ingeniosas que otras, pero no significa que lo sean a tiempo completo ni que les convierta en superiores. La mayoría de las preguntas son banales o rutinarias. Si no lo crees, haz la prueba: ¿qué tipo de preguntas te suele hacer tu madre?
  • Resultar interesante a alguien no depende de ti. La realidad es que son los demás los que deciden si lo eres o no. Hay quien encuentra fascinante un documental de derecho penal visigodo y quien prefiere ver el Clásico de la temporada. Depende de sus preferencias personales, no de las tuyas. Si piensas esto, posiblemente eres tú mismo el que no te ves interesante.
  • No adivinas el pensamiento. Ese superpoder todavía no se puede adquirir, así que cuando intentas atribuir una intención a quien te pregunta, la estás eligiendo tú entre tus favoritas. El contexto, la entonación o el lenguaje no verbal nos pueden dar pistas sobre mensajes implícitos, pero aun así especulamos.
  • Tú también puedes preguntar. De hecho, lo haces continuamente, así que examina qué intenciones tienes tú y qué conclusiones sacas de las contestaciones obtenidas. Es muy probable que te des cuenta de lo inofensivo que resulta tu juicio sobre los demás y el poco contenido trascendental de la mayoría de ellas.

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