CÓMO TOMAR MEJORES DECISIONES
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 ¿Podemos aprender a tomar mejores decisiones? Sin ninguna duda. Se calcula que una persona toma miles de decisiones diarias. Para ello contamos con una poderosa herramienta, el cerebro humano, que nos ahorra una gran cantidad de tiempo acelerando este proceso; muchos de estos dilemas los solucionamos de manera casi automática por aproximación. Basándose en sus investigaciones, Kahneman propuso un modelo explicativo de decisión basado en dos niveles o circuitos diferentes:

  • el más intuitivo y automático, que no requiere realizar ningún esfuerzo de análisis cognitivo consciente. Este nivel “fabrica” respuestas inmediatas, a costa de un margen de error más amplio. Un ejemplo podría ser decidir comer cuando se tiene hambre.
  • El consciente y deliberado, que tarda bastante más tiempo, ya que implica usar nuestra memoria, experiencia y conocimiento para determinar el curso de acción. Por ejemplo, cuando queremos comprar una vivienda o buscar un empleo en el extranjero.

Usar solo el primer sistema para tomar decisiones complicadas puede arrojar resultados bastante perjudiciales, dada la precipitación y la falta de análisis – imaginemos lo que podría ocurrir si decidimos invertir en un negocio sin valorar los riesgos, simplemente por la intuición del momento -. Pero al contrario puede llevarnos muchísimo tiempo, como puede certificar cualquiera que se haya atascado un buen rato eligiendo qué camisa llevará ese día. Ambos están afectados por la probabilidad de error, pero el proceso consciente, a pesar de su aparente seguridad, se ve expuesto al efecto de nuestra propia subjetividad a la hora de procesar datos. O dicho de otra manera, corremos el riesgo de tomar una decisión sesgada.

Efectivamente, en condiciones ideales si dispusiéramadivinar futuroos de toda la información relativa al asunto y además la pudiéramos analizar objetivamente, todas nuestras decisiones serían ajustadas y como solemos decir, “correctas”. Sin embargo, esto no es posible: en muchísimos casos no lo sabremos todo de antemano, como ocurre cuando escogemos una nueva pareja (o un nuevo trabajo), y por tanto rellenaremos las lagunas de información con nuestros propios deseos o expectativas.

Por otra parte, en estos pronósticos que hacemos sobre el resultado futuro de nuestras acciones estamos aplicando aquello que hemos aprendido – ya sea de otros o de la propia experiencia – y que por tanto puede ser muy subjetivo o insuficiente. Pensemos qué ocurre cuando nos encontramos en una situación totalmente novedosa; buscamos las situaciones pasadas más similares o cualquier conocimiento aproximado al que agarrarnos. Y repasamos los aprendizajes que obtuvimos en su momento. Que no siempre coinciden con la realidad: como decía Albert Ellis, no sufrimos por lo que nos ocurre, sino por las atribuciones que hacemos de lo que nos ocurre – “siempre me pasa lo mismo, tengo muy mala suerte”, “el profe me tiene manía”, “no hay nada de qué preocuparse, si nunca ha pasado nada”, etcétera – .

Así que si aún no tenemos suficiente con aplicar el nivel intuitivo a decisiones complejas para obtener resultados desastrosos, podemos analizar las situaciones desde nuestros sesgos particulares para acabar de rematarlo. ¿Cómo se sabe que uno está aplicando un sesgo a la hora de valorar? Hay muchas maneras, como puede ser contrastarlo con otras fuentes o personas, aunque apliquen a su vez sus propios sesgos. De todas formas, por la parte más intrapersonal, que es la que finalmente decidirá dar crédito a una información u otra, la experiencia psicoterapéutica nos da alguna clave al respecto. Clave que tiene que ver con el lugar desde donde estoy considerando la situación.

En concreto, hay tres lugares de fantasía donde nuestro pensamiento se puede perder en divagaciones inútiles y enredarse en una mala decisión. Ninguno existe ni existirá, y detectar de forma consciente que hemos hecho una excursión por allí es una práctica interesante a menos que nos guste mucho decidir a capricho o aleatoriamente. Estas “ubicaciones”, en las que van a “residir” nuestros sesgos particulares, son:

El pasado alternativo

A la hora de valorar nuestras experiencias, tendemos en muchas ocasiones a imaginar pasados que nunca se produjeron en los que cambiar una decisión u otra habría funcionado como queríamos. Obviamente, con resultados también ficticios porque en realidad no tenemos ni idea de qué hubiera ocurrido. A esto se le llama también pensamiento contrafactual y es un método de auto tortura muy popular, en especial cuando las cosas nos han salido mal. Si estamos usando el pasado condicional (“si le hubiera dicho…”, “si no hubiera hecho…”) y creando escenarios pasados inventados para tratar de sacar conclusiones, mal asunto. Colocar mi yo actual en mis experiencias pasadas para “solucionar mis errores” no me conduce a nada más que a un alto grado de malestar soñando con un pasado ideal totalmente falso, además de generar culpabilidad y remordimientos.

El pasado sirve para extraer enseñanzas, en efecto, y para darnos cuenta de que nuestro yo actual decidiría otra cosa hoy. Pero el pasado que sucedió de verdad, no los universos paralelos que nos construimos. De hecho, si pudiéramos rebobinar la cinta y colocarnos otra vez en la misma situación con lo que sabíamos entonces, es muy probable que tomáramos exactamente el mismo camino. Si detectamos que pasamos demasiado tiempo en flashbacks de ficción donde tenemos vidas pasadas alternativas, es posible que necesitemos hacer las paces con nuestra historia.

El futuro cierto

Decidir en base a lo que no ha ocurrido aún es otra fórmula para un desastre anunciado. Todos conocemos el clásico cuento de la lechera y también cómo termina. Tener objetivos o planes en la vida no está mal, al contrario, puede ser una fuerza motivadora muy potente. Especular con posibles escenarios anticipados y calibrar posibles riesgos de nuestras acciones tampoco es una mala práctica, al contrario, siempre que tengamos en cuenta que se trata de eso, de probabilidades. En el fondo, tomar decisiones está relacionado con un deseo de mejora para el futuro.

Pero crearnos un futuro demasiado detallado en el que todo va sucediendo exactamente como lo pronosticamos (ya sea yendo todo a pedir de boca o desgranando nuestro particular rosario de desgracias y preocupaciones futuras) es una garantía de próximas decepciones. Así que hay que tener cuidado con la futurología determinista y barroca, imaginada al milímetro y decorada con todo lujo de detalles. Dar por hecho que algún acontecimiento ocurrirá no es lo mismo que anticipar posibilidades. Lo único que podemos dar por seguro (y por tanto, nuestra base de decisión) es lo que conocemos hasta el momento presente y nuestras intenciones, opiniones o aspiraciones. Lo demás ya se irá viendo.

La mente de los demás

decision ajedrezEste es uno de los lugares favoritos de la inmensa mayoría de la humanidad. Lo cierto es que no tenemos ni idea de lo que el que tenemos enfrente está pensando en realidad y nunca lo sabremos. A menos que nos lo diga, claro, y siempre que confiemos. No, ni siquiera los psicólogos leemos la mente y nadie puede adivinar el pensamiento. Cuando orientamos nuestras acciones en función de lo que creemos que el resto pensará o hará, estamos comprando un billete a la incertidumbre y el caos. Aunque los conozcamos bien, es imposible predecir cómo reaccionarán los demás con certeza, y por eso nos gusta tanto tenerlo todo controlado (incluidos móviles, agendas o diarios ajenos).

Si nos escuchamos a nosotros mismos decirnos “Si hago esto, Pepe va a pensar que soy tonto…”, no estamos hablando del pobre Pepe, sino de nuestros miedos o deseos predilectos, que colocamos en mentes extrañas. El único flujo de pensamiento que oímos en nuestra cabeza es el nuestro. Tratar de leer el de otros ha sido una aspiración del ser humano desde siempre, con los exitosos resultados que podemos consultar en los libros de historia; como mucho, podemos aproximarlo o abarcar algunos casos posibles, pero nada más.

Cada uno de nosotros tiene su zona de fantasías preferida y tiende a pasear por ella, pero todas tienen en común un alejamiento de los hechos que sí podemos analizar y la elaboración de predicciones sobre invenciones propias. Todas relacionadas con nuestros sesgos subjetivos, que campan por allí a sus anchas. Esos lemas que nos hemos creído a pies juntillas y que aplicamos inexorablemente para explicarnos el mundo en que vivimos. Darnos cuenta de que estamos rumiando dentro de uno de estos parajes nos puede ayudar a identificar estas limitaciones, cuáles son nuestros temores más habituales y nuestros deseos auténticos, y por tanto nos puede ayudar a tomar mejores decisiones. Pasar demasiado tiempo allí, sin embargo, es una señal de que algo no está funcionando muy bien en nuestros procesos de decisión y tarde o temprano nos encontraremos con efectos inesperados e indeseados.

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