sexualidad-adolescente

La adolescencia es esencialmente una etapa de cambio en todos los niveles de la persona: corporal, mental y social. En esta fase tiene lugar nada menos que la transición de niño a adulto. Posiblemente sea la transformación más brusca y compleja de nuestras vidas, que además va acompañada de una serie de cambios físicos importantes en poco tiempo, con su correspondiente impacto psicológico.

En este sentido, una cuestión central de la adolescencia es la aparición de una sexualidad adulta: aunque ya el niño es consciente de su sexualidad, no ha experimentado aún la atracción sexual hacia otra persona ni los sentimientos que la acompañan. Principalmente porque su cuerpo no está preparado para ello: la pubertad se inicia con este cambio fisiológico que nos prepara para, al finalizar la adolescencia, ser un adulto joven con todas las consecuencias. El cuerpo genera hormonas que propician el crecimiento, y también la diferenciación sexual adulta. No sólo eso, sino que también cambian internamente la manera en que percibimos el mundo que nos rodea y a nosotros mismos. En especial, a los demás.

Problemas que afectan al adolescente

chicas adolescentesEn el adolescente la vida puede parecer un conflicto continuo. Tratar de asimilar todos estos cambios tan preocupantes, empezando por su propio cuerpo, que se deforma casi a diario, es una tarea complicada. Su propia imagen ya no es la misma; es inquietante mirarse al espejo y ver a una persona extraña que sin embargo eres tú mismo. Y todas esas sensaciones nuevas, tan intensas, fascinantes y amenazadoras. El descubrimiento del deseo, del amor adulto, de las nuevas respuestas del cuerpo ante la presencia del otro. El interés por el sexo va indivisiblemente unido a la búsqueda de afecto y amor fuera del vínculo paterno, y todo parece mezclarse y confundirse.

Vivir este proceso de aceptar todos estos cambios inevitables y redefinirse como persona puede provocar mucha angustia. Inseguridad, temor o agresividad ante a lo desconocido, tristeza por el niño que dejas atrás, alegría expansiva al experimentar esas capacidades nuevas que te hacen poderoso de algún modo. Ante esta mezcla de emociones intensas cada joven responde como buenamente puede, defendiéndose de los temores ocultándolos o reprimiéndolos, o explorando los límites de su nueva condición sin atender a los riesgos.

Aparece una montaña de preguntas que el adolescente se hace respecto a su Yo adulto, especialmente sobre esta nueva atracción tan intensa que experimenta por otras personas. La sensación más habitual es de confusión: “¿me atraen los chicos, las chicas o indistintamente? ¿Soy homosexual o heterosexual? ¿Te puedes quedar embarazada si lo haces de pie? ¿Amor y sexo van juntos o se pueden separar? ¿Si quiere acostarse conmigo significa que me quiere? ¿Qué se siente al tener un orgasmo? ¿Masturbarse es perjudicial?” Todo un mundo misterioso de sexualidad adolescente para el cual se buscan las respuestas, en ocasiones en cualquier parte que nos pueda ofrecer una, sea cual sea su fiabilidad. El desconocimiento de un terreno tan delicado y que sin embargo experimentan a diario puede conducir así a construir un mito sobre la sexualidad que minimice (o magnifique) sus peligros: embarazos indeseados, abusos sexuales o enfermedades de transmisión sexual son los riesgos más visibles, pero también lo son adquirir conceptos peyorativos o despectivos de uno mismo, de los demás, del sexo contrario o del propio, desequilibrios afectivos e ideas prejuiciosas sobre el amor y la pareja que podemos arrastrar toda la vida.

A esto se le suma otra de las características típicas del paso a la edad adulta: la separación del estrecho vínculo paterno infantil para buscar un espacio propio. El adolescente se distancia de los padres (en ocasiones de forma agresiva), “marcando su propio territorio” como nuevo adulto que será, y busca más la aceptación de sus iguales en otros ámbitos sociales (escuela, amistades, etcétera). Es importante remarcar que esto no implica que no necesite del apoyo de sus padres, sobre todo en este momento tan extraño que por el que pasan: la mayoría de los adolescentes desearían que fueran sus padres quienes les informaran sobre sexualidad. Pero el acercamiento puede resultar dificultoso al debatirse entre su deseo de distancia y su necesidad de ayuda. Aquí es donde entra en juego una labor paterna de redefinir su papel respecto a sus hijos.

El papel de los padres

Los padres juegan un rol esencial en la educación sexual adulta de sus hijos adolescentes. En un momento vital en el que aparecen miles de interrogantes sobre un aspecto tan esencial como el sexo, el afecto y las relaciones de pareja, no se puede delegar esta tarea en las amistades del instituto (que seguramente tengan tantos temores e incógnitas como ellos), ni en los mensajes que reciben de los medios de comunicación tradicionales o de Internet. Corremos el riesgo de que se fabriquen una idea distorsionada sobre la cuestión, que no se limita a información puramente física sobre el sexo, sino que tiene una dimensión emocional muy grande. Igual que no les dejaríamos al volante de un coche con sólo lo que han leído en una web o lo que les han contado sus compañeros de clase, abandonarlos a su suerte en el terreno de la sexualidad puede ser peligroso.

sexualidad adolescenteSin embargo, este momento suele hacerse bastante complicado para muchos padres, por diversos factores. El principal, que estamos ante un asunto que puede llegar a ser incómodo, darnos vergüenza, o miedo a conseguir un efecto indeseado y animar a nuestros hijos a relaciones sexuales sin estar preparados… En todos estos bloqueos se están poniendo de relieve nuestros propios prejuicios, ideas preconcebidas, interrogantes o conflictos sin resolver alrededor de este tema tan trascendente. Las ideas que nuestros hijos extraen sobre las relaciones sexuales pueden llegar a removernos por dentro, tocarnos en algún punto débil o considerarlas intolerables, extrañas o escandalosas. Todo en función de la educación sexual que nosotros mismos hayamos recibido y asimilado como propia.

Por ello es imprescindible una labor de examinar nuestros conocimientos reales sobre el tema; reflexionar sobre de quién lo aprendimos, cómo y en qué circunstancias lo hicimos y sobre todo preguntarnos qué nos habría gustado recibir y qué habríamos necesitado. Si nuestras creencias sobre el amor y el sexo continúan siendo válidas y pueden servir a nuestros hijos. Si tal o cual idea responde a una realidad contrastada o a una barrera que nos hemos impuesto para no ver aquello que no deseamos ver. Y cómo podríamos completar la que nos falta. En definitiva, requiere una tarea nada fácil de autocrítica, pero sólo conociendo nuestras fortalezas, debilidades o límites seremos capaces de ayudar responsablemente.

Desde esta responsabilidad, hay algunas indicaciones importantes a la hora de enfocar esta cuestión que pueden ayudar a fomentar una comunicación más fluida.

Ofrecer ayuda cómo y cuando corresponda. De nada sirve perseguir a nuestros hijos intentando que compartan con nosotros aquello que no quieren compartir, como tampoco es una buena política aplazar o rehuir las conversaciones sobre sexualidad. Cuanto antes empecemos a tender puentes con ellos, mucho mejor; esperar a las fases finales de esta etapa es demasiado tarde, mientras que iniciar el diálogo a edades tempranas ayuda a que lo perciban con la naturalidad necesaria.

Por supuesto, sentarnos con ellos frente a frente y sin previo aviso para tener “la charla”, soltarles un sermón y cerrar el tema no servirá para mucho. Así estamos más bien tratando de resolver nuestro problema para encarar la cuestión lo más rápido posible, en vez de dar respuestas a un hijo que las necesita. Si nos mantenemos interesados en ellos y en sus preocupaciones a lo largo del tiempo, y se lo mostramos adecuadamente, adquirimos la presencia necesaria para aportar un clima de confianza. Estando atentos e informados podremos también saber elegir los momentos oportunos para hablar con ellos sobre sexualidad adolescente de forma natural y no forzada.

Abrir un espacio de comunicación respetuoso. Si los hijos pueden percibir esta presencia e interés, será más sencillo establecer esta imprescindible comunicación. A la hora de elegir el lenguaje, el contenido, el tono de voz, etcétera…es importante tener en cuenta que ya no son niños, y que nosotros no somos sus compañeros, sino sus padres. Si no adoptamos ese rol paterno, ¿quién lo hará por nosotros? También es básico hablar desde la serenidad y la tranquilidad, y desde nuestra propia experiencia. Y por supuesto, evitar que se convierta en un monólogo: si no les dejamos hablar, ni escuchamos atentamente lo que quieran decirnos, ese espacio no existirá.

Aceptar que seguramente no nos cuenten todo. Como hemos comentado antes, ya no son niños. Valoran que se tenga en cuenta su opinión, su capacidad para obrar con responsabilidad y especialmente su derecho a la confidencialidad. En otras palabras, el respeto debido entre adultos. En este sentido, no es demasiado realista esperar que nuestro hijo o hija nos cuente absolutamente todo aquello que le ocurra en los inicios de su encuentro con las primeras experiencias sexuales. Si consideramos normal que nuestros familiares, amigos o vecinos se reserven su intimidad para ellos si lo desean, también ha de aplicar para nuestros hijos; aunque nos provoque una comprensible inquietud, se trata de un miedo nuestro.

Aceptar nuestras propias limitaciones. Es prácticamente imposible que tengamos todas las respuestas, así que en caso de desconocerla, siempre es mejor aceptarlo que tratar de salir del paso con una improvisación que a la larga no sabemos qué efecto puede tener.

La honestidad es una buena base para tratar de cualquier tema con nuestros hijos: puede que no hayamos tenido la educación sexual que nos hubiera gustado, puede que no podamos hablar de algún aspecto concreto, y puede que la carga emocional en algún caso sea muy grande para nosotros. Admitirlo con franqueza, aceptar que quizá necesitemos alguna ayuda externa (mucho mejor si es de un profesional de la salud) y buscar una solución adecuada con ellos es un buen ejercicio de responsabilidad personal que no pasará desapercibido a sus ojos.

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