133Charcot

¿Cuántas veces no habremos escuchado a un padre soltarle a su hijo la lapidaria frase “los hombres no lloran” al verlo deshacerse en llanto? ¿Más o menos que el manido comentario “se puso histérica” refiriéndose al estallido de rabia de alguna mujer? Son sólo dos ejemplos al azar muy evidentes, pero podríamos encontrar muchos más como estos en el lenguaje cotidiano; se trata de muestras gráficas de todo un conjunto de creencias muy arraigadas sobre la expresión emocional socialmente aceptable, que lleva muchas generaciones vigente. Y que está fuertemente relacionada con los roles sociales permitidos a cada sexo; la palabra género pretende, precisamente, referirse no sólo al dimorfismo sexual de la especie, sino también todas las creencias, pensamientos, actitudes y roles que derivan de esta diferencia puramente biológica y que nos condicionan en la vida diaria.

Para comprender cómo opera este fenómeno y qué problemas de salud mental puede acarrear, haremos una breve mención a sus orígenes y la función que cumplen en el orden social. No vamos a entrar en la discusión Genética vs. Ambiente, porque pensamos que en realidad es un falso dilema; como ninguno venimos de la nada, es prácticamente imposible discernir qué fue primero. De hecho estamos convencidos de que es un proceso bidireccional donde nuestro organismo y su entorno se influyen mutuamente en formas que hoy en día son difíciles de medir con precisión.

Sexo, género y psicología evolutiva

El distinto comportamiento de hombres y mujeres a la hora de escoger pareja, vincularse, actuar en sociedad…en definitiva sus estrategias tanto reproductivas como sociales han sido objeto de estudio de especialistas de diversos campos, entre ellos antropólogos, biólogos, neurólogos o psicólogos. Se ha incidido mucho sobre el peso de la teoría de la evolución, la dotación genética, las bases biológicas y el comportamiento social de otras especies para explicar fenómenos como los celos, la poligamia o las diferencias en la estructura y funciones cerebrales. Seguramente hayáis podido leer más de un artículo donde se remontan a la “selección natural”, pájaros, primates o las primeras especies Homo para justificar tal o cual conducta.

Tampoco queremos discutir sobre las explicaciones de la psicología evolutiva, porque aparte de que daría para varios artículos más, se trata de teorías destinadas a explicar estos fenómenos haciéndolos derivar de los procesos de selección natural, lo que por una parte es indemostrable, y por la otra, puede llevar a simplificaciones que nos presenten como una especie de monos sin pelo, gobernados por reacciones químicas que escapan a su control. Es indiscutible que nuestra dotación biológica nos inclina a determinadas respuestas “instintivas”, y nadie duda de los avances en neuropsicología, pero solemos olvidar que los humanos tenemos la capacidad de pasar por alto esta “programación” si lo deseamos; un ejemplo clásico son las personas que inician huelgas de hambre por causas sociales o políticas.

Por eso es peligroso tomar estas reflexiones como leyes deterministas que se cumplen siempre, o al menos casi siempre: una interpretación a la ligera (con el inestimable impulso dado por algunos conocidos libros de autoayuda), ha extendido la idea de que hombres y mujeres siempre nos hemos comportado así, desde la época de los cazadores-recolectores del Paleolítico. Que nuestros “instintos”, programación biológica o “inclinaciones naturales” ya nos colocan en la casilla de salida de los roles tradicionales de género. Lo cual dejaría de nuevo a los pobres humanos inermes ante el peso de los genes o la “naturaleza”, como atados a un destino predefinido frente al cual no tenemos capacidad de elección ni cambio (cómo nos gusta eludir responsabilidades y colocarlas en entes abstractos como el destino, o irracionales como el pobre gen egoísta).

Sin embargo, cualquiera que se haya tomado la molestia de calcular los miles de años que hace que dejamos de cazar/recolectar o en observar los tremendos cambios que han ocurrido desde entonces, se dará cuenta de que estos roles bien pueden ser una construcción social posterior, edificada eso sí sobre el valor atribuido a una diferencia biológica, más que a esta en sí misma. Y por tanto, es un producto cultural humano, y no natural de la especie. También es oportuno indicar que las diferencias neurológicas detectadas podrían ser aprendidas y no innatas, lo que nos coloca de nuevo en el mismo punto. Incluso al hablar del “gen egoísta”, podemos llegar a preguntarnos en cuántas ocasiones las personas no habrán ignorado esta “fuerza invisible” que inexorablemente nos predestina a hacer cosas diferentes en función del género.

La revolución Neolítica

Es muy difícil saber cómo convivían los hombres y las mujeres del Paleolítico. En realidad, arqueológicamente hablando no hay una evidencia clara de un reparto funcional; podemos suponer que la mujer, dada su capacidad de gestar y parir nuevos miembros del grupo, vería bastante condicionada su participación en otras actividades como la caza. Desconocemos el impacto social de esta capacidad crucial para la supervivencia colectiva; sin embargo, entre los rastros que nos dejaron las sociedades de cazadores/recolectores nómadas y las primeras neolíticas se han hallado numerosas representaciones de la llamada “diosa madre” (Menéndez, 2007). Símbolo de fertilidad, la mujer tiene un papel religioso preponderante y no es descabellado pensar que su importancia social era equiparable a su compañero masculino.

El Neolítico supone tantos cambios en la vida de los humanos que es difícil resumirlos todos en tan poco espacio: agricultura que garantiza el sustento, y también el interés por la propiedad de la tierra. El aumento de población, con la sedentarización y el urbanismo, deriva en sociedades complejas donde la supervivencia está más asegurada. No todos se dedican ya a obtener alimento, que ahora “sobra”, y aparece la división del trabajo: se multiplican los excedentes y el comercio. Aquí reside la clave del cambio, en esta complejidad social, pues aparecen las jerarquías y las clases sociales. Y junto con ellas, la subordinación femenina: hacia la Edad del Bronce el cambio es patente, y las “diosas madre” son relegadas por símbolos guerreros de fuerza y poder, asociados al trabajo con metales (Muñoz, 2001). Los registros escritos nos dejan bastante información al respecto de la organización social y para la época griega clásica, la división funcional por género está ya perfectamente asentada.

El rol masculino

dorc3adforo1A grandes rasgos, la mayoría de los humanos hemos vivido desde entonces en sociedades donde una clase dominante acapara el control de la gestión de los recursos y detenta el poder; este grupo es el que ocupa las instituciones y en mayor medida sanciona y mantiene lo que es socialmente correcto y lo que no. En estas condiciones, el rol tradicional del hombre se orienta hacia el espacio público: el varón se encarga de la defensa del grupo y es además sujeto de derecho económico y político. El hombre dirige además su “casa”; es responsable del prestigio familiar en tanto que el buen nombre de su “clan” tiene repercusión social. De él se espera por tanto que sea valiente, enérgico y resolutivo. El hombre admirado es aquel que desprende una imagen más “poderosa”: decidido y orientado a la acción, no se le está permitido expresar el miedo y la tristeza. La educación de los varones, por lo tanto, incluyó durante siglos a reprimir e incluso anular estas emociones.

Al ocuparse del plano emocional, el Análisis Transaccional nos habla de emociones parásitas y prohibidas. Las segundas serían aquellas que la persona aprende de su entorno que son incorrectas y que idealmente debería eliminarlas. Puede recibir mensajes parentales explícitos o implícitos en este sentido que una vez aceptados conducen a diversos grados de distorsión (no percibirlas, no reconocerlas o no expresarlas). Generalmente la prohibición de una o varias se acompaña de una sustitución por otra considerada más adecuada; esta sería la emoción parásita (Berne, 1972).

Sin embargo, ya vimos que las emociones básicas forman parte de nuestra programación biológica, por lo que a pesar de nuestra educación emocional surgen desde el cuerpo; el caudal emocional de aquello que tenemos prohibido sentir se reconduce hacia las parásitas, que empleamos para darle una salida. Insatisfactoria y poco acorde con la situación, dado que no sentimos lo que en realidad creemos que sentimos. Así que vamos repitiendo este mecanismo explotando inconscientemente a los demás para obtener una satisfacción que nunca llega en forma de falsa emoción. De ahí que Eric Berne las llamara rackets, aludiendo al chantaje mafioso que obligaba al pago de un impuesto de protección.

En el rol tradicional masculino, las emociones prohibidas son el miedo y la tristeza, por cuanto se conciben como “débiles”; conducirían a la cobardía (especialmente inaceptable en el ámbito militar), y al aislamiento y retirada la segunda (imagen de “perdedor” incompatible con el papel público masculino). Y por tanto a la marginación social. Las emociones parásitas más habituales que las disfrazan son aquellas que implican agresión y agitación; sobre todo la rabia, impulso natural de agresión ampliamente fomentado en la educación clásica (recordemos la concepción competitiva del deporte, la equitación o la caza, actividades propiamente masculinas y de las elites a lo largo de la historia) y la alegría, enfocada en aquellos objetivos que implican triunfo social; éxito profesional, por ejemplo, o también en las actividades practicadas en grupo concebidas “para hombres”. Percibir miedo propio o estar triste, con frecuencia conduciría así a sentimientos de inadecuación y culpa, que pueden adquirir carácter patológico; no es raro que esta culpa se traduzca en rabia dirigida contra uno mismo o los demás, por no ser o sentir “lo que se espera” de un hombre.

El rol femenino

Al contrario que el hombre, el rol de la mujer en estas sociedades se concebía atendiendo por encima de todo a su papel reproductivo y asistencial. Así, la mujer se convirtió en una “posesión” valiosa en tanto que proporcionaba la continuidad del linaje legítimo; era además por ello elemento fundamental en la forja de alianzas entre “clanes” o familias, y para muchos la única esperanza de ascender en la escala social. Por lo tanto, los matrimonios se convirtieron en verdaderas “subastas” organizadas por las familias de la esposa y los pretendientes. El papel de la mujer debía limitarse por ello a tener hijos legítimos (el adulterio femenino se pagaba muy caro) y velar por su crianza, así como por el mantenimiento del buen orden en el hogar familiar, supeditada a la supervisión del marido y siempre pendiente de la imagen proyectada al resto del entorno social. Esto condujo a su desplazamiento de la vida pública, siempre en un plano secundario, siendo incluso despojada de derechos ciudadanos. Las cualidades requeridas en la mujer eran la discreción, modestia, abnegación y sacrificio. Se fomentaba todo lo relativo a la asistencia y cuidado de los demás, por lo que sus propias necesidades no se tenían en cuenta. No se consideraba útil que recibieran formación intelectual ni por supuesto que implicara participación pública; si bien tuvieron cierta relevancia en el plano religioso dentro de este concepto asistencial, las religiones organizadas monoteístas las relegaron también al ámbito de la reclusión en conventos.

hetairaSe consideraban emociones prohibidas todas las que conllevaran activación y energetización; la mujer no estaba “pensada” para la acción ni para la expresión pública, por lo que estaban mal vistas las manifestaciones de rabia o alegría, al contrario que el hombre. Sí tenía permitido expresar el miedo (coherente con el rol protector del varón y la imagen “débil” de la mujer por oposición) y la tristeza. Dado su papel reproductivo, el deseo sexual en la mujer se juzgaba inadecuado y oficialmente inexistente; la excitación sexual, que además llevaba asociada agitación emocional, se reprimía. Aristóteles atribuía esta activación sexual al útero, considerado como una especie de “ente” autónomo que se removía cuando “se secaba”, alterando así a la mujer. Esta patología se curaba casándola y teniendo así relaciones sexuales aceptables; útero en griego se dice “hysteria”, cuadro clínico típicamente femenino (López Melero, 2008). Cuando en 1885 Sigmund Freud pasó una temporada con Charcot en el hospital parisino de La Salpétriêre, aprendiendo métodos de hipnosis para tratar la histeria, aún se pensaba que sólo las mujeres sufrían este trastorno y las concepciones de Aristóteles seguían vigentes en buena parte.

Lo que entonces se conocía con ese nombre correspondía a diversos cuadros neuróticos que llevan asociados una gran variedad de síntomas externos; no es sorprendente que correspondan a estados de agitación motora, alteraciones sensoriales, trastornos alimentarios, etc… sobre todo si sabemos que se trata de personas educadas en la represión de emociones de “activación”. Y por supuesto no son exclusivamente femeninos. La sustitución de la rabia o la alegría por emociones parásitas de tristeza y miedo estarían en el origen de diversos trastornos como la ansiedad o la depresión (conocidos como “trastornos del estado de ánimo”), derivados de una inexpresión inadecuada de las mismas.

Estudios clínicos

Se han realizado diversos estudios en países  anglosajones, nórdicos e hispánicos sobre salud general de la población que incluían mediciones de posibles problemas psicológicos; aunque las metodologías son diversas, no siempre son estudios completos, y hay otras variables que pueden distorsionar (edad, profesión, clase social), sí se han detectado diferencias recurrentes y consistentes por género. Así, los hombres son mucho más proclives a los trastornos por abuso de sustancias (drogas y alcohol), mientras que en las mujeres destacan muy significativamente  los de estado de ánimo, como ansiedad y depresión (Retolaza, 2007, Coyd y cols., 2006, Andrews y cols., 2007). Si nos vamos a los trastornos que afectan a la estructura de personalidad (y que nosotros creemos que están en la base de los anteriores), los hombres presentan con mayor frecuencia trastornos antisocial o narcisista (Vicente y cols. 2002, Stinson y cols., 2009), mientras que en las mujeres tienden a presentar rasgos de diferentes trastornos pero sin cumplir los criterios de alguno en concreto (Coid y cols., 2007).

Aparte de poner en evidencia las grandes limitaciones del diagnóstico con el DSM (siglas en inglés del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, herramienta ampliamente utilizada en la disciplina), los datos disponibles apuntan a una diferencia por género tanto en las manifestaciones externas como internas de problemas psicológicos; parecería que los hombres tienden a mantenerse activados mediante estimulantes (lo cual podría ir destinado a tapar emociones y sentimientos “inadecuados” como la tristeza y el miedo a no “dar la talla” en el desempeño del rol social esperado) o tratan de sobrecompensar a través de un exceso de agresividad o autoimagen grandiosa, mientras que las mujeres presentarían más dificultades para la expresión emocional ajustada cuando implica conflicto y energetización (respuestas de ansiedad o depresión).

Es decir, que los resultados apuntarían a que los siglos de educación diferenciada (emocional, cognitiva y social) dan como resultado distintas estrategias inadecuadas de gestionar la expresión de las emociones en función del género. De cualquier forma, esto no es más que una hipótesis de difícil demostración, ya que como decíamos antes sobre la psicología evolutiva, se trata de tendencias más que de certezas. Y que en el fondo, cada caso individual es diferente y cada persona vive inmersa en un entorno particular al que se adapta como mejor sabe.

Bibliografía

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  • Benjamín Vicente P, Pedro Rioseco S, Sandra Saldivia B1, Robert Kohn, Silverio Torres P (2002) Estudio chileno de prevalencia de patología psiquiátrica (DSM-III-R/CIDI) (ECPP) Rev. méd. Chile v.130 n.5 Santiago mayo 2002
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  • Menéndez Fernández, M. (coord.), Fernández Vega, A., Hernando Grande, A., Mas Cornellà, M., Mingo Álvarez, A., Muñoz Amilibia, A.M. y San Nicolás Pedraz, M. P. (2007). Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica. Tomo II. Madrid: Ed. UNED
  • Redolar, D., Serra, J.M., Moreno Alcázar, A. y Robles Muñoz, N. (2008). Sistemas reguladores y emocionales. Barcelona: Ed. FUOC.
  • Jayme Zaro, M. (2008) Perspectivas teóricas en psicología de la personalidad. Barcelona: Ed. FUOC.

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saludes interesante el articulo ayuda un poco a ver como va evolucionando el perfil tanto masculino como femenino enla sociedad.

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