emociones

Para nuestro primer artículo hemos elegido un clásico de la Psicología, pero que al igual que los del cine o las novelas, nunca pasa de moda: las emociones. Desde el principio de los tiempos este asunto ha preocupado a los seres humanos, de hecho podría decirse que es nuestra principal inquietud psicológica. Artistas de todas las épocas y culturas las han plasmado en sus obras, y podríamos decir sin mucho temor a equivocarnos que las consideramos como aquello que nos hace humanos. No hay más que observar cómo adjudicamos emociones a cualquier conducta animal; de esta forma los “humanizamos” aproximándonos afectivamente a ellos.

Pero las emociones, además, tienen características que han contribuido a marginarlas en cierta medida en el estudio psicológico hasta tiempos recientes; por una parte pueden provocar conductas muy intensas y descontroladas, y por otra, poseen una gran ambivalencia: algunas las experimentamos con mucho placer y otras todo lo contrario, nos inducen estados de mucho sufrimiento. Es por ello por lo que fascinan e inspiran temor a la vez, porque pueden llegar a dominarnos si no sabemos administrarlas; esto ha contribuido a considerarlas irracionales e imprevisibles y por tanto, arrinconadas en la investigación científica. En ámbitos menos académicos, desde tiempos remotos las emociones han tenido bastante mala fama, etiquetándose como negativas e indeseables.

Así, en la Grecia Clásica, se concebían como impulsos o pasiones consustanciales a las personas, una especie de maldición (pues la emocionalidad solía acabar en tragedia) impuesta por los dioses a la que había que resignarse. Los filósofos más importantes las despreciaban, aspirando a eliminarlas del pensamiento, y lo relegaban a comportamientos propios de quienes no participaban en la política ciudadana; las mujeres o los esclavos. El cristianismo no contribuyó a mejorar el panorama, puesto que pasaron a ser tentaciones colocadas por el demonio para torcer el camino de los creyentes hacia la salvación: había que resistirlas y vencerlas. Los Ilustrados del siglo XVIII, al concebirse como racionalistas frente a la superstición y el pensamiento mágico religioso, las consideraban perjudiciales porque interferían con la razón, así que era necesario reprimirlas.

En la época victoriana que sigue a la Revolución Industrial, la ideología burguesa impuso la represión de las emociones en las situaciones sociales, en virtud de la razón y el progreso; no estamos sólo hablando de Inglaterra, puesto que se trataba de un fenómeno común. Tan sólo el Romanticismo puso énfasis en las emociones, siempre como algo irracional y misterioso. Estos mecanismos sociales tan represivos saltaron por los aires durante el siglo XX en la explosión de odio más intensa de la historia de la Humanidad: un buen ejemplo de este proceso es la película “La cinta blanca”, de Michael Haneke.

Tras la consiguiente reflexión posterior al desastre, vivimos inmersos en una época donde nuestro principal interés es lo que llaman la “educación emocional”. Parece  que si por un lado por fin se valoran las emociones como algo no necesariamente negativo, el pensamiento posmoderno oscila entre la represión de las consideradas negativas, para conducirnos a un estado de “felicidad perpetua” (con todo lo que tiene de peligroso aspirar a lo que no existe) o el descontrol emocional camuflado como “autenticidad” o “ser espontáneo”.

emociones_abrazoPero antes de seguir hablando de educación emocional… ¿sabemos lo que es una emoción? Si le preguntan a cualquiera, lo más probable es que conteste con un ejemplo de alguna concreta, seguramente la que les resulte más familiar. Habrá quien hable de sensaciones que experimentas ante una situación o un objeto externo…y todos van bien encaminados. Sin embargo, solemos responder desde la mente, es decir, desde la elaboración mental con la que interpretamos las sensaciones que nos provoca una emoción, y en realidad éstas se originan en el otro componente inseparable de la persona: el cuerpo.

La emoción es básicamente una activación fisiológica del cuerpo en respuesta a un estímulo externo, una “excitación del organismo” (Allport, 1963), junto con la experiencia afectiva que conlleva. Es brusca, intensa y pasajera: por ejemplo, cuando notamos que el pulso se nos acelera, nos sudan las manos y los músculos se tensan delante de un perro de tamaño considerable, estamos experimentando miedo. Es decir, ante un estímulo se ha desatado una respuesta fisiológica que hemos interpretado como miedo.

El primero que postuló este funcionamiento fue William James en 1884, y desde entonces corrieron ríos de tinta sobre qué fue primero, si la activación o la cognición. Pero el circuito no siempre funciona así, ya que otras veces el estímulo es interno. Es un experimento sencillo que cualquiera puede hacer, provocarnos una emoción simplemente recordando algún momento especialmente afectivo, o actuando como si estuviéramos notando la sensación asociada. Los actores, por ejemplo, lo hacen con frecuencia. Si ríes “de mentiras” un buen rato, es bastante posible que acabes sintiendo alegría. Es decir, que funciona en ambas direcciones; nada extraño  si concebimos la persona como una combinación inseparable de cuerpo y mente.

Muchos autores distinguen lo que llaman emociones básicas, que se corresponderían a patrones concretos de activación fisiológica, con expresiones faciales universales y sensaciones subjetivas únicas; estas emociones supondrían la base de las más complejas y además no estarían influidas por la cultura sino que vendrían en el “equipaje de serie” del ser humano, ya que son adaptativas. En otras palabras, nos ayudan a sobrevivir. Serían cuatro (aunque hay quien incluye el asco o la sorpresa):

– El miedo es nuestra respuesta psicofisiológica al peligro, nos alerta de su presencia y nos coloca en situación de huida, sirve por ello para conservar nuestra integridad. Evidentemente no siempre huimos; el aprendizaje emocional nos dota de respuestas socializadas como por ejemplo pedir ayuda o protección. Una mala educación emocional nos puede llevar a sentir miedo desproporcionado, altamente incapacitante.

– La rabia es la reacción ante un posible daño externo, pone el cuerpo en tensión y preparado para el enfrentamiento; se trata de agredir, destruir el origen de la amenaza. Sentimos rabia cuando percibimos un estímulo como amenazante: no podemos ir por ahí arreglando las cosas a bofetadas, pero sentir rabia nos indica que existe una fuente de daño potencial (por ejemplo, los comentarios de alguien sobre nosotros) a quien podemos pedir que cambie.

– La tristeza responde a situaciones de pérdida; vemos nuestros límites restringidos y sentimos el vacío de la misma. Para adaptarnos a esta nueva realidad en la que hay una ausencia, nos retiramos y retraemos para reajustar nuestra visión del mundo. Claro que también podemos buscar consuelo, en vez de quedarnos aislados.

– Por último, la alegría reacciona ante una satisfacción; es una emoción que implica expansión, movimiento, proyección hacia adelante, crecimiento vital…aunque esta explosión puede ser para los demás algo invasiva si nos “pasamos de rosca”. Una forma de canalizarla es compartirla con otros.

Obviamente hay muchas otras, llamadas secundarias, como por ejemplo la culpa, el orgullo o la admiración, aunque están moduladas por aprendizaje social y no siempre son perfectamente identificables sino que varían entre culturas e individuos. Ekman (1993) realizó una serie de experimentos mostrando imágenes con expresiones faciales o midiendo las reacciones emocionales de personas de culturas muy distintas y encontró que si bien las emociones básicas eran universalmente reconocidas, las “reglas de expresión”, es decir, la norma social de cada persona, modifican o inhiben la expresión emocional.

Las emociones suponen el aporte de subjetividad que hacemos a nuestra comprensión del mundo

¿Para qué sirven? Las funciones de las emociones son múltiples, intervienen en prácticamente todas nuestras actividades psicológicas; son el aporte de subjetividad que hacemos a nuestra comprensión del mundo. Pensad si no en cómo tendemos a justificar o criticar la misma conducta en función de si la persona responsable nos es simpática o antipática. El neurólogo portugués Antonio Damasio, en su hipótesis del marcador somático, explica cómo las emociones influyen en los procesos de decisión y razonamiento: nuestro cerebro asocia estados fisiológicos (emociones) a  ciertos estímulos externos de forma que ante una nueva experiencia decidiremos qué hacer en función del parecido con situaciones anteriores y  la emoción vivida entonces. También intervienen en el proceso de fijar recuerdos o recuperarlos; es más probable que recordemos un acontecimiento si tuvo un impacto emocional grande para nosotros, aunque también es probable que no lo recordemos tal como sucedió, sino que al recuperar el recuerdo, experiencias afectivas posteriores “distorsionen” su reconstrucción. Incluso es más probable que nuestro estado de ánimo influya en aquello que recordamos, y si estamos enfadados tenderemos a recordar situaciones en que vivimos rabia.

ciclo¿Qué es esto del “estado de ánimo”? Hay una serie de conceptos relacionados con la emoción que muchas veces se confunden con ella, pero que no son exactamente lo mismo, aunque los mezclemos con total naturalidad.  El que más frecuentemente se confunde es el sentimiento. A diferencia de la emoción, es estable en el tiempo y menos intenso; es el producto de una elaboración mental posterior sobre las emociones, qué las ha producido y cómo hemos respondido. El sentimiento sería más bien una tendencia o inclinación emocional persistente que sale de nosotros hacia afuera, como por ejemplo cuando decimos que “nos gustan los gatos”, que sentimos afecto por alguien (aunque a veces le tengamos rabia) o que “fulano es machista”.

El humor o temperamento, sin embargo, no tiene un objeto definido, no hay un estímulo asociado. Tiene mucho que ver con nuestro “clima interior” emocional y por eso está muy relacionado con aspectos biológicos propios (influencia genética). Es más difuso y de baja intensidad, aunque nos caracteriza emocionalmente en todo lo que hacemos: hay personas alegres, melancólicas o “cascarrabias”. El estado de ánimo estaría a medio camino entre emoción y temperamento: no es tan permanente como este último pero sí más duradero que la primera. También es difuso e indefinido, pero transitorio, y por ello menos relacionado con nuestra fisiología. Todos hemos estado tristes una temporada más o menos larga, aunque no “seamos” personas tristes.

Como hemos visto, el peso de las emociones es abrumador en nuestros procesos psicológicos, y por tanto también en cómo actuamos. Desde niños se nos educa en las reglas de expresión emocional socialmente aceptadas: en qué situaciones se puede o no actuar una emoción, con qué intensidad…normas que hemos visto que en muchos casos son principalmente represivas. Por esto es esencial reconocer el valor de toda emoción y el papel que juegan en nuestra experiencia diaria: todas sirven, nos indican algo que siempre es mejor escuchar que ignorar, algo sobre nosotros mismos. Aprender a tomar conciencia de lo que sentimos y sobre todo a adquirir actitudes de madurez emocional y saber expresarlas adecuadamente en función del contexto es el objetivo de una buena educación emocional, para la que no hay una edad límite: el aprendizaje en la vida nunca termina.

Posts Relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mismas y de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
X
X